• Primera receta para la crisis

    El Comercio. 04.07.2008 –
    JUAN IGNACIO GONZÁLEZ

    CON ánimo de aportar soluciones, que es mucho más inteligente que jugar a la bronca permanente o al circunloquio eufemístico, y puesto que crisis, lo que se dice crisis, ‘hayla’, ahí va una primera receta.
    La crisis que afrontan en estos momentos los pescadores, agricultores y transportistas por la carestía de los combustibles revela los desequilibrios profundos de un modelo de producción y de consumo basado en la ilusión de un petróleo barato e infinito.
    Estos sectores productivos están sufriendo las consecuencias de décadas de no haber hecho prácticamente nada para responder a una crisis largamente anunciada. Nuestro modelo de desarrollo se basa en una grave dependencia del petróleo y -a pesar de varias crisis en los años setenta- los gobiernos asturiano y español han apostado por un modelo equivocado e insostenible: construcción de más infraestructuras que fomentan el uso del transporte privado, derrochar combustible fósil, en lugar de promover un tren social y ecológico; no sustitución de energías fósiles por renovables; ausencia de política de ahorro privilegiando transferencias de fondos desde la sociedad hacia ciertas corporaciones, con la excusa agotada de ‘estimular el crecimiento’.
    Reducir artificialmente el precio del gasóleo no puede ser bajo ningún concepto una solución sostenible y aceptable. Si el problema es que dependemos demasiado del mismo, reducir los impuestos sobre el combustible a pescadores, agricultores y transportistas sólo va a agravar el problema: estaremos dando una subvención indirecta a la importación del petróleo y subvencionando a las petroleras.
    El incremento de los precios en los combustibles fósiles puede hacer más atractivas otras soluciones, como políticas de ahorro, vehículos más eficientes, energías renovables o el transporte de las mercancías por ferrocarril.
    Una política económica que permita que se desarrollen prácticas más conformes con los recursos naturales disponibles y que garantice la reconversión de los sectores en crisis.
    Reforzar a través de ayudas públicas al sector productivo sostenible como la pesca selectiva y tradicional (es decir pequeñas embarcaciones con técnicas no destructivas y respetuosas con la capacidad de regeneración de los océanos) y a la agricultura ecológica, que se puede autoabastecer de biocombustibles elaborados a partir de los deshechos de la propia producción, son algunas de las soluciones, con otras ventajas, los pequeños barcos de pesca sostenible tienen un consumo de gasóleo menor
    Por otro lado, es importante reducir el papel y las ganancias de los intermediarios entre productores y consumidores finales, ya que los intermediarios y empresas distribuidoras se quedan con una gran parte del beneficio en la cadena productiva.
    El hecho de que el pescado resulte caro a los consumidores tiene mucho más que ver con este proceso que el factor combustible. Si los pescadores tuvieran una mayor participación en el beneficio podrían soportar un coste de combustible superior.
    La introducción de una etiqueta de ‘pesca sostenible’ para dar salida en el mercado a los productos que respetan criterios ecológicos y sociales, constituiría un elemento diferenciador en el mercado (basado en el respeto a los recursos naturales, la calidad, y con mucho valor añadido), más poder para el consumidor y una remuneración justa para el productor.
    Estas políticas se pueden financiar gracias a una reorientación de las prioridades de las políticas públicas (véase ahorro de energía, subvenciones a productores ecológicos) y a través de un impuesto excepcional sobre los beneficios de las petroleras y de las distribuidoras.
    Pero, además, es preciso afrontar una reforma del sistema financiero para promover una fiscalidad que grave el consumo excesivo y premie el ahorro, y la eficiencia, con un elevado componente social.

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