Opinión: Niños de nadie

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ – EL COMERCIO
EN 1994, ahora puedo contarlo, fui requerido por el Servicio de Infancia de la entonces Dirección Regional de Acción Social para hacerme cargo (yo dirigía entonces un Centro de Protección de Menores) de un niño de 14 años que sólo hablaba francés y que había llegado a El Musel en un barco liberiano como polizón.

Se llamaba Kaba, y procedía de Kan Kan, una localidad del interior de Guinea Conakry, un pequeño país en la curva de África lleno de minerales preciosos, y marcado desde su independencia en 1990 por los conflictos entre dos de sus vecinos, Sierra Leona y Costa de Marfil.

Recuerdo nuestro primer encuentro en presencia del Letrado Defensor del Menor. Con una madurez impropia de la edad relató su huida como una búsqueda de refugio ante la situación de conflicto permanente en su país y casi abocado a convertirse en niño soldado, mostró sus cicatrices (las tenía por casi todo el cuerpo), y aunque tras los primeros trámites de su solicitud la respuesta de Madrid fue escéptica, (España no reconocía conflicto expreso en Guinea Conakry y no había pues lugar a su declaración de refugiado), su edad le permitió quedarse entre nosotros y compartir un largo semestre, hasta que decidió seguir camino. Un día se fue a Barcelona, cabeza de puente de la emigración de su gente, y no he vuelto a saber nada de él.

En todo ese tiempo nunca pidió llamar a su casa (si hubiera sido posible contactar con alguien), ni pidió recado de escribir para una triste carta. Acudía al colegio cada día (aprendió castellano en seis meses con una agilidad que aún me asombra). A solas, cada noche, cubría algún reglón de una libreta azul, el único equipaje con el que lo recogí, y en la que pormenorizaba toda su historia. El tiempo de estar juntos le dio suficiente confianza para compartir secretos de su viaje.

No había tal condición de asilo o de refugio político. Venía huyendo del hambre, ese perro rabioso que alimenta la huida y la barbarie, y su cuaderno era una terrible expresión de su periplo desde que abandonara la aldea paterna allá en Kan Kan, y atravesara miles de kilómetros hasta Mauritania, hasta que la mar lo trajo a Gijón.

En el 94, los convenios de los Centros de Protección que el Principado firmaba con las entidades concertadas establecían un precio básico de estancia de 3.500 pesetas niño/día, en los centros públicos el coste niño/día ya rondaba entonces las 10.000 pesetas (la maldita costumbre de la concertación a bajo precio).

De modo que ya ven esos catorce niños que, como Kaba, llegarán estos días a Asturias procedentes de los cayucos mauritanos, y que nos costarán 350.000 euros (13.200 pesetas niño/día aproximadamente) no son nada nuevo. No son más que el reflejo de que aquello que era una advertencia en el 94 y hoy es una realidad con toda su crudeza, y no hemos hecho nada para evitarlo.

Vendrán cientos de miles, decía Kaba, y no los parará ni el gendarme europeo, ni el tratado de Schengen, ni otras memeces. Más nos vale saber que el mundo está cambiando, que el hambre no conoce fronteras, y que ya es hora de compartir la poltrona cómoda en la que vive un occidente, en buena parte responsable de la barbarie.

Acostúmbrese pues a pagar las 13.200 pelas de cada niño y día porque, en verdad, es justo.

Kaba tendrá hoy veintiséis años. Quién sabe su periplo desde que partiera para Barcelona hasta hoy. Pero estoy seguro de que sobrevive, si aquello no pudo con él, no habrá sido un autobús urbano en la Diagonal, desde luego.

Sólo espero que haya llenado miles de cuadernos, que le siga emocionando la poesía de tradición oral que dominaba en Peul, un dialecto heredado de su abuela, y que encontró transcrita en mi casa en una vieja antología de poesía africana que le emocionó hasta el punto de llevársela como el mayor tesoro. Allá donde estés, y por si algún día lees este escrito, muchacho, ole tus cojones.

Sólo hay 1 comentario

  1. elpeor /

    saludos!!!

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