Opinión: Una Asturias mayor

LA pirámide demográfica asturiana, es la piedra angular desde la que hay que contemplar el desarrollo futuro. Digo esto porque en el último debate sobre el estado de la región, tanto el Gobierno, con un discurso tan maximalista en sus logros como minimalista en sus errores, como la oposición, en su discurso de tierra quemada, tan querido en la derecha últimamente (¿o siempre que no gobierna?), se han olvidado de introducir esta variable trascendental del deber ser asturiano.

Asturias es una comunidad con un millón de habitantes, con una fuerte concentración poblacional, consecuencia del proceso de industrialización y la posterior colonización del sector servicios en la franja central de la región (sólo sumando la población de Gijón, Oviedo, Avilés, Siero, Castrillón, y los dos corredores de las cuencas mineras obtendremos 900.000 habitantes), cuya realidad demográfica en la distribución por edades, arroja ya en la actualidad, un 24 % de población mayor de 65 años (más o menos 250.000 asturianos son mayores, y un buen segmento pertenece ya a la cuarta edad, población mayor de ochenta años).

Extrapolando los datos de edad en los próximos 20 años, se puede determinar que, con un crecimiento vegetativo negativo, paliado mucho más que tenuemente por la incorporación de la población inmigrante, con el éxodo juvenil continuado de los últimos años (por mucho que se ignore), y con la inevitable incorporación de la mayor generación nacida durante el desarrollismo (la generación del ‘baby-boom’, de las alegrías de los sesenta), la población asturiana se encontrará con un 34% de mayores de 65 años en esas fechas (más de 360.000 asturianos y asturianas serán mayores en una comunidad que, además, a menos que se inviertan las tendencias, habrá perdido población en términos absolutos), si ese no es un dato, que venga Marx (que sabía mucho más de economía que Dios) y lo vea.

En 2025, uno de cada 3 asturianos, seremos mayores (saludables los más), muchísimos dependientes, pasivos todos desde el punto de vista de las rentas, y usuarios todos, por derecho de los sistemas públicos de protección y participación social, supuesto que el estado de bienestar aguante el envite, al menos desde la concepción actual del mismo.

Además, ya en la próxima década la primera oleada de prejubilaciones, auténtico sostén de muchas economías familiares, habrá devenido prestación de jubilación normalizada, y en esa misma década las rentas pasivas que se vayan generando procederán ya casi mayoritariamente del sector servicios, frente al industrial, y esto, salvo para los jubilables de la Administración (el mayor empleador de la región con más de 60.000 trabajadores en términos absolutos, otro dato para el análisis), significa pensiones medias más bajas que las actuales.

Será difícil mantener toda una oferta de servicios de salud (con lo extensa y usada que es la red sanitaria asturiana, y el coste que supone ya en la factura de salud) y protección social (casi gratuitos en la forma de entenderlos de la ciudadanía) que ya dejan ver imposibilidades de cobertura universal (no hay lista de espera que se reduzca, que no estire meses más tarde, como las de residencias, centros de día, ayuda a domicilio, prestaciones y ayudas económicas complementarias, ).

Así pues, en la Asturias de los 430.000 empleos (muchísimos precarios), con la generación intermedia más endeudada (el nivel de endeudamiento familiar es insoportable ya), en la Asturias del éxodo juvenil, en la Asturias de la escasez inmigrante como sector soporte de la carga pasiva, aquella fuerza política que no contemple la variable demográfica, y no sepa convertir en oportunidad de desarrollo esta situación, y adelantarse a lo ‘viejo como problema’ para convertirlo en lo ‘viejo como oportunidad’, está condenada a no hallar política que valga para solucionar los problemas reales.

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