Opinión: ¿Quién diseña la ciudad?

CIERTO es que los ciudadanos elegimos representantes municipales cada cuatro años y que en ellos depositamos la confianza -no un cheque en blanco- de la gestión y aún de la iniciativa en el desarrollo de nuestro entorno. Y en ese viaje va el diseño de la ciudad en que vivimos.

Cierto es que, además, la estructura municipal se dota de técnicos propios -o contrata específicamente alguno- a través de múltiples fórmulas, cuando el proyecto de ciudad trasciende la simple remodelación de un espacio degradado y configura una ciudad repensada y rediseñada en algún aspecto esencial.

Entonces, suelen aparecer concursos y proyectos, cercanos y lejanos, que nos configuran y nos redefinen el espacio que abominamos, y nos sugieren nuevas formas de entenderlo y de vivirlo, originales los más; funcionales, rompedores e innovadores en ocasiones; inanes otras veces, o simplemente monstruosos, como las de Buenavista y Calatrava.

La playa de vías mantenida en los ochenta -auténtico despropósito, por cierto- por decisión municipal, con sus terribles dos estaciones y cercenando el crecimiento de un espacio gijonés que ya por entonces anunciaba potencial de servicios y calidez de ciudad, es un ejemplo de que quien diseña -munícipe o técnico-, a veces, se equivoca gravemente.

Basta este ejemplo para sostener que no está de más que en el discurso de la sensatez urbana los políticos propongan y los técnicos diseñen -ese es su trabajo-, pero que sean los ciudadanos quienes decidan.

Y no estoy planteando la participación-trampa del ciudadano en el periodo de alegaciones, auténtico subterfugio de la endogamia político-técnica y del poder caciquil del urbanismo de los hechos consumados; ni siquiera de la exposición de maquetas, que jamás son coincidentes con el proyecto final que se ejecuta. Al ciudadano no hay que enseñarle cartón pluma, planos o construcciones a escala; estoy hablando de la participación previa hecha sobre las necesidades reales de la gente que habita la ciudad y de quienes habitan el entorno y, sobre todo, de quienes lo utilizan en lo cotidiano. Eso es necesariamente previo a cualquier concurso de ideas.

Sobre la circulación de Gijón, por ejemplo, tiene más sentido común un taxista que dos millones de urbanistas amamantados en las cátedras y en las mesas de dibujo. Y sobre el diseño del futuro espacio de entrada a la ciudad y la articulación del centro con poniente, y el rediseño del plan de vías, y el soterramiento de las mismas, y la ubicación de la estación intermodal, mucho más sentido tiene un viajero de Renfe cercanías cotidiano que todos los Junqueras y Zaheras juntos, entendiendo que éstos están al servicio de lo que tiene más sentido para el ciudadano.

Es posible, entonces, que nos encontremos en la tesitura de establecer que, en el fondo, lo que se pretende es hacernos ver que sólo con estos proyectos es posible financiar la obra, lo cual no deja de ser una paradoja si advertimos que en otras ciudades la obra se financia por la vía de la aportación pública y no cercena el desarrollo posterior. ¿Cómo lo hacen en otros lados? O lo que sería más grave: que en realidad alguien quiere dejar su impronta, porque todo munícipe y todo arquitects tiene ínfulas de trascender la historia y que se le recuerde aunque sea por los bodrios, como le pasará a Gabino el Laico o, en su día, a José Manuel Palacio y sus dos estaciones, aunque no sería lícito, al alcalde bueno, imputarle algunos de los desmanes urbanísticos de las últimas décadas. Aquí han sobrado originalidades y han faltado detalles ciudadanos, como, por ejemplo, incluir a los representantes vecinales, no ya en las excursiones post-obra, sino en la articulación previa del espacio y en el estudio de sus/nuestras necesidades.

El Plan Estratégico de Ciudad planteaba eso como una premisa irrenunciable y alguien ha tenido un tremendo olvido.

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