La playa de Luarca

24 de Febrero del 2009 – José Otero González (Luarca)

Mi hijo Hugo es autista. Entiende el mundo de frente, sin pliegues, de forma literal. Esto hace que muchas veces sus opiniones tengan un gran valor, por el punto de vista de quien las dice. El otro martes, estábamos paseando por la playa de Luarca _es uno de sus desahogos diarios, no tienen amigos, ni vida social, sólo tiene la naturaleza_. De repente, me dijo: «Papá, ¿se va a poder volver a esta playa?» Yo, en aquel momento, me di cuenta del nivel de degradación que está sufriendo la playa de Luarca.

No supe qué contestar. No sé a quién dirigirme para que me aclare esta pregunta y poder explicárselo a Hugo. Y me dio pena. Él, desde su mundo oscuro, ve que peligra su lugar de juegos. Quizá los mayores no nos demos cuenta por la cantidad de problemas que suelen acompañarnos en la vida, pero ¿qué derecho tiene nadie a destrozar este entorno de forma semejante? Sin entrar en consideraciones políticas, la playa no es de Costas, ni del Ayuntamiento. La playa es de las personas. Estaba allí cuando nacimos y debería seguir allí cuando muramos. La playa es de los padres que juegan y disfrutan con sus hijos, de los jubilados que pasean arriba y abajo, de los jóvenes que hacen footing, de las personas mayores que remojan sus varices. La playa guarda los recuerdos de tantos veranos llenos de vida… Es lugar de encuentro de las familias que vuelven de sus exilios. Es donde aprenden los chicos a coger olas, donde se juega al cuadrín (¿verdad, José María?), donde empiezan y terminan tantas historias de amores estivales.

Me gustaría poder pedirles a las gentes de Luarca que pierdan dos minutos leyendo esta carta, que deben reaccionar. Que a Luarca ya no le queda más que perder, que sería el fin. Que no tenemos derecho a consentir todo esto sin reacción alguna. Que no nos pertenece, que pertenece a nuestros hijos, a nuestros nietos. Que ellos se merecen poder ir a pasar sus veranos a la playa de Luarca como hicimos nosotros, y nuestros padres, y nuestros abuelos…

Yo quiero decirle a Hugo que no se preocupe, que cuando llegue el verano todo estará igual y podrá volver a correr como un loco detrás de las gaviotas y luego bañarse entre las olas. Pero semejante cantidad de barro, de piedras, de suciedad, de escombros y de ruinas me obliga a ser pesimista. Me temo que estos escombros no sean sólo de la playa, sino que sean los escombros de una sociedad que no quiso luchar por su calidad de vida, los restos de una forma de vida que, tal como están las cosas, quizá ya no vuelva.

Permítanme, desde este humilde rincón, pedir a todos aquellos que tengan responsabilidad en este tema que sean respetuosos con el futuro de mi hijo, de nuestros hijos, para que los veranos de Luarca puedan seguir siendo algo especial.

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