Opinión: Acabar con el terror

CUANDO ETA declaró la tregua escribí un artículo en esta misma página en el que señalaba las dificultades y las esperanzas de un proceso al que teníamos derecho y por el que merecía la pena jugársela. He dejado transcurrir algunos días después de la barbarie, después del estallido del proceso que nos dejó dos muertos y millones de anhelos destrozados, para intentar no escribir desde la ira. Confieso que es difícil pero necesario. Hoy más que nunca se necesita un pacto frente al terror y por las libertades y reconfigurar un nuevo acuerdo entre todos los partidos para conseguir el fin irreversible del terrorismo.

Para ello, ETA y Batasuna deberían dar un paso adelante, ya que han perdido la confianza que pudieron abrir con este proceso, y ese paso tendría que consistir en dar un salto cualitativo, de manera que fuese creíble esta delirante tregua discontinua. Es cierto que en estos momentos no se cumplen las condiciones que el Congreso estableció para dialogar con ETA, pero es necesario pedir que no se renuncie a la solución dialogada en un futuro si es que se restablen los requisitos. Es necesario también denunciar la actitud de algunos -irresponsable e intolerable- por haber movilizado todos sus recursos para que este ‘proceso de paz’ no llegara a buen puerto, pensando sólo en la revancha electoral. Habrá que recordarles otros tiempos, sin treguas y con muertos, en los que no faltó el apoyo de todos.

El terror en España no tendrá solución hasta que, para ello, un gobierno esté dispuesto a arriesgarse a perder las elecciones. Esa será una aportación histórica a la que pocos, muy pocos, se atreven. ETA está políticamente derrotada desde hace tiempo, y de lo que se trata es de evitar más sufrimientos, muertes y extorsiones. El camino del diálogo es siempre menos costoso -en dolor y vidas humanas- que cualquier otra alternativa. La necesaria unidad y firmeza democrática, ante el criminal atentado de ETA, no deben cerrar las puertas a esa vía. Será difícil recuperar la confianza después del atentado del la T-4, pero ésta no puede plantearse exclusivamente en clave de rendición de ETA.

ETA y Batasuna han de abandonar el delirio de esta tregua ‘fija discontinua’ e insertarse de lleno en el proceso político y democrático. Debe abandonar toda duda sobre la renuncia -definitiva e irreversible- a la violencia. La bomba de la T-4 ha asesinado a dos trabajadores y ciudadanos ecuatorianos. El dolor irreparable por sus muertes debe servir para redoblar los esfuerzos y evitar que se produzcan nuevos asesinatos y no para perpetuar el odio y la violencia como desean los que ponen las bombas y los que están permanentemente instrumentalizando políticamente el sufrimiento de las víctimas.

El diálogo no debilita a los demócratas, sino a los violentos. La generosidad no daña al Estado de derecho, sino a los intransigentes. La extensión y profundización en los mecanismos democráticos de decisión no amenaza a la Constitución, sino que la fortalece, al igual que menoscaba a los violentos.

Por ello, el proceso de desaparición del terrorismo requerirá tanto de firmeza como de generosidad, tanto de valentía como de inteligencia. Hay que rechazar aquellas posiciones que pretenden usar a la Constitución contra la democracia, al Estado de derecho contra la paz y el diálogo, a la coherencia contra la lógica abrumadora del fin definitivo del terror.

Es necesario proponer y construir nuevos escenarios políticos dentro del marco de la Constitución y de la legalidad democrática, en los que todos puedan entender que existe un espacio de acción política legítima y plural. Pero es necesario también deplorar la irresponsable estrategia de la tensión y del «cuanto peor, mejor», practicada por algunos, que hace muy difícil un frente común de las fuerzas políticas democráticas contra el terror.

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