Opinión: Azaña y el medio ambiente

MANUEL Azaña Díaz (1880-1940), presidente del Consejo de Gobierno y presidente de la República en los años treinta del siglo XX, no es figura apreciada por los defensores de la ‘memoria’, dado que no estaba adscrito ni al Partido Socialista ni al Comunista. Fue el impulsor de Acción Republicana (luego Izquierda Republicana, IR) y participó en varios gobiernos. En Asturias, IR aportó dos consejeros al gobierno regional del Frente Popular, Antonio Ortega y José Maldonado. Y de IR fueron los gobernadores civiles en dicho periodo.

Si evaluamos su figura a través de lo escrito por él, de la temática que aborda y las opiniones que vierte en plena guerra, a la par que sufre por la sangría de vidas y las pérdidas materiales, no podemos sino concluir que era un observador fino, dotado de rigor ético, altura moral y buen sentido.

Entre las muchas preocupaciones que lo agotaron y envejecieron prematuramente, figuraban en lugar destacado la ciencia, la naturaleza, el arte Azaña fue uno de los impulsores de la salvaguarda de la colección pictórica del Museo del Prado y de la conservación del monte del Pardo.

La sensibilidad medioambiental de Manuel Azaña se puede valorar a través de sus ‘Diarios’ (1911-1939). Sirva de ejemplo lo que sigue.

En el ‘Cuaderno de La Pobleta’ se recoge una visita a Madrid como presidente de la República española, acompañado de los asturianos Prieto, ministro de la Guerra, y Miaja (general), así como de las autoridades locales y el presidente del Consejo, Negrín. Prieto y Negrín eran socialistas y Miaja, comunista.

Tras visitar los palacios y el hospital, afectados por los bombardeos, se dirigen al Pardo. El 16 de noviembre de 1937, el presidente Azaña anota el siguiente diálogo:

( ) Cruzando el Pardo, nos lamentábamos de la suerte del monte. Negrín me aseguró que se habían dado órdenes de no cortar árboles, y que se aprovechase la leña seca y los troncos carbonizados por el bombardeo. Sí, sí: las señales son otras. Una campaña de invierno más y el monte quedará arrasado, sin remedio, porque repoblarlo de encinas es una empresa larguísima que nadie sostendrá.

-No sé si usted sabrá que he librado muchas batallas por la integridad y conservación del Pardo, y no todas las he ganado. En las Constituyentes tuve un día que amenazar con la cuestión de confianza para impedir que le arrancasen seis kilómetros cuadrados con destino a una barriada de casas baratas. ¿Ya ve usted! En Madrid, rodeado de miles de hectáreas de tierra calma y erial, no había por lo visto mejor sitio que el encinar del Pardo para un ensayo de arquitectura social. Hay hombres que no están seguros de su dominio sobre la naturaleza mientras no le han dado por el pie a un árbol viejo. Posteriormente, en tiempos del señor Chapaprieta, también se quiso quitarle al monte dos mil hectáreas para entregárselas a una compañía de urbanización. Tarde o temprano, y no habiendo nadie para impedirlo, se saldrán con la suya. Y encima le harán creer a Madrid que se cumple una gran obra de progreso. Cuando gane usted la guerra, Negrín, me permitirán ustedes que deje de ser presidente de la República, a cambio de que me nombre usted para el cargo que más me gusta.

-¿Cuál?

-Guarda mayor y conservador perpetuo del Pardo, con mero y mixto imperio dentro del monte, para hacer de él lo que en cualquier país de gusto estaría hecho desde hace mucho tiempo. Sin retribución alguna, ni otra recompensa que el derecho a vivir en cualquiera de estas casas, no en Palacio, ciertamente. ( )

Al tomar en Fuencarral la carretera nueva que lleva al Pardo, pasamos cerca de los terrenos de La Veguilla. Esto me hizo recordar la conversación que cuatro o cinco años antes había tenido con Negrín, precisamente.

-Cuando usted desempeñaba la secretaría de la Ciudad Universitaria y yo presidía el Gobierno, me trajo usted a ver las obras. Le hablé entonces de mis planes sobre La Veguilla. Me pareció que estos terrenos, cuya extensión, si la memoria no me engaña, es doble que la del Retiro, debían destinarse a plantar el nuevo jardín botánico, a instalar en grande el Museo de Ciencias Naturales y otros establecimientos científicos análogos. Le pareció a usted muy bien, así como el propósito de unir las nuevas instalaciones con la avenida central de la Ciudad Universitaria, por Peña Grande. Todo ello serviría además de norma para redondear la urbanización de Madrid en esta zona. Publiqué el decreto correspondiente, atribuyendo los terrenos al museo. Pues bien: al volver al Gobierno en 1936, me encontré con que no se había dado puntada en el asunto. El Ministerio de Instrucción Pública ignoraba la existencia del decreto. Aunque sea lamentable, no me sorprendía que el ministerio y los ministros hubiesen dado carpetazo al proyecto, porque era mío; pero ni en el propio museo lo tomaron con interés, salvo una o dos personas de mi particular conocimiento. Si hubiese decretado que en los terrenos se construyesen grupos escolares, piscinas y campos de deporte, todo el mundo lo habría comprendido, y ya estarían hechos. Muy bien está hacerlos. Pero vaya usted a interesar al poder público, es decir, a unos ministros, unos subsecretarios y directores desvanecidos, en la obra impersonal de crear un museo, un jardín botánico, unos laboratorios, que no dicen nada a las clientelas. Es un ejemplo de la falta de espíritu en el Estado y de la falta de continuidad. Podría citar más de una docena sin salirme del corto tiempo de mi acción en el Gobierno.

El jardín botánico hizo saltar en la conversación el nombre de Carlos III.

-Supongo -decía el presidente- que no le tendrá usted por un gran hombre, pero acertó a rodearse de gente ilustrada y útil.

-En la vida de Carlos III he encontrado un rasgo que viene aquí muy al caso, precisamente a propósito de un árbol en el camino del Pardo: «Cuando yo me muera», decía el Rey, «¿Quién cuidará de ti, pobre arbolito?». Tirando de este hilo se descubre una sensibilidad muy simpática. En mis andanzas de cazador por la Alcarria conocí hace muchos años a un rústico, guarda de monte, apasionado también por un árbol. «Venga usted a ver mi nogal, señorito Manolo» (entonces me llamaban así), me dijo un día. Nogal estupendo. A su sombra me he guarecido de algunas sofoquinas de agosto. El tío Eugenio, viejo, desdentado, con más arrugas que las nueces de su nogal, era dueño del árbol, pero no del suelo en que crecía, solitario en muchos cientos de metros a la redonda, como un poema nutrido por los jugos de aquella tierra ardiente, color sangre de toro. Único bien del tío Eugenio, le sacaba un puñado de reales cada año. Nunca consintió en venderlo, aunque le ofreciesen una almorzada de onzas. ¿Un tipo a lo Carlos III, ea! Pero él no lo sabía. El árbol solitario es una elegía típica del campo español. Aparece en el nombre de un pueblecito de Salamanca, nombre que únicamente puede formarse en lengua castellana: Encinasola de los Comendadores ¿Eche usted! Encinasola de los Comendadores ¿Qué onda! ¿Qué acento! Se está viendo, sobre un horizonte frío, remoto, el árbol solitario, como el del tío Eugenio, reliquia de un bosque desaparecido. Es claro, el tío Eugenio nunca fue comendador. Guarda, nada más. ( )

El tío Eugenio, amigo de los árboles, fue guarda y no comendador; por eso no quedan árboles

La conservación de nuestro entorno y nuestro patrimonio tiene nombres y apellidos.

Su destrucción también. ¿Pongámoselos!

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