HORMIGONAR EL ALBA

JAVIER GARCÍA CELLINO
Si de mí dependiera, propondría una ampliación considerable del catálogo que contiene los siete pecados capitales. No parece muy lógico, vistas las formas que se gastan algunos cargos públicos, que el prospecto presente tan sólo una dosis reducida de contraindicaciones. Así que, a modo de ejemplo, estaría de acuerdo con que a los ingredientes conocidos: ira, lujuria, avaricia, soberbia, gula, envidia y pereza, se añadieran otros, tales como la necedad o la insensatez, dado el uso continuado que de los mismos hacen los cargos públicos.

Se dice que el reino de la política es el escenario ideal para tirar la piedra y esconder la mano, si bien en algunos casos, como el de la ruta del Alba, parece evidente que por más esfuerzos que se hagan va a ser imposible que no nos demos cuenta del estropicio que se está formando.

Vale que el concejo de Sobrescobio haya recibido el galardón de «Pueblo ejemplar» -y reciban desde esta columna mi más sincera felicitación por ello-, pero de ahí a que el Gobierno regional pretenda rellenar con hormigón una ruta natural hay un trecho tan grande como el que separa la más pura lógica de la más completa torpeza.

No hace falta echarle mucha imaginación al asunto para darse cuenta de que a este Gobierno podremos acusarlo de muchas cosas, pero, por el proyecto que están amasando para la ruta del Alba, habrá que pensar en darles algún galardón especial. No es precisamente una broma, sino más bien una muestra de extraordinario ingenio, propia de las mentes más sesudas que imaginar cabe, dedicarse a hormigonar caminos rurales para que se pueda pasear tranquilamente por ellos con tacones altos, lo que prueba que la mayoría de nuestros políticos está absolutamente convencida de que viven cerca del cielo.

Me imagino que en el futuro no faltará alguien a quien se le ocurra celebrar en el magnífico paraje natural -hasta las fechas, si no se impide- un circuito de motos o de coches. A fin de cuentas, según dejó escrito Napoleón, «en política un absurdo nunca es un obstáculo», de modo que, quizás algún día, mientras zapatos y hormigón toman una caña de cerveza juntos, podamos asistir a alguno de los entrenamientos de Fernando Alonso.

En la antigüedad egipcia eran cuatro las características que distinguían a los faraones del pueblo llano: el afán por la fama, el poder, la gloria y la megalomanía. Y, como si quisieran hacer bueno el dicho de que el tiempo no es más que «el espacio entre nuestros recuerdos», los representantes de nuestro Gobierno regional no cesan de perseguir esos laureles tan vetustos como efímeros. Y para demostrar que son dignos émulos de aquellas momias funerarias, se dedican a esparcir hormigón a diestro y siniestro, no se sabe si con la intención de dejar su impronta megalómana en todo lo que tocan o más bien para construirse un sólido refugio que oculte a los demás su peligrosa incompetencia.

Por cierto, son sobradas las muestras que ponen de relieve que gracias al hormigón se han levantado en los últimos tiempos grandes imperios de todo tipo, incluidos, cómo no, los económicos. Del Supermusel a la ruta del Alba hay, además de unos cuantos kilómetros de distancia, muchas millas de ambiciones y de manifiesta ignorancia. ¡Viva el hormigón!

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