Opinión: Un poquito de tregua

ANTES que la tormenta electoral lo invada todo y usted se llene de promesas -casi siempre incumplidas- y los manifiestos proclamen y propongan, y afirmen compromisos, le sugiero una tregua y un viaje a los buzones de la duda, al tiempo de silencios que, seguro, usted y yo compartimos, y al que, a veces, es necesario regresar, un pequeño paseo cuesta arriba. Así que, por ejemplo, si tiene usted una media que llega peligrosa a los cincuenta, pero conserva lúcido el recuerdo, le propongo este viaje, la pequeña inmersión que necesita de forma cotidiana quien ha vivido tiempos de revuelta y ya distingue entre el si del no, la ética y estética, la izquierda y la derecha y el siglo que venció y el por vencer.

Verá, es sólo música, pero, si la ha escuchado, usted es de otro mundo, de un mundo que descansa y que labora, cerca de la costumbre de ser muy buena gente. Hay temas trascendentes que, a buen seguro, se la traen al pairo, y créame también, la papeleta, la tiene usted muy clara para mayo. De modo que, ya ve, no sé si fue en el Alba o en el Jazz, recuerdo una ciudad en blanco y negro, recién salida de la negra sombra, pero nací a la música en Gijón, ¿usted también?

Aquí, seguramente, cuando Madrid aún no pagaba sus excesos, antes de la movida, esta ciudad de grises y miserias ya proyectaba músicas del mundo, sonidos de artificio, mixtura por mis venas y a raudales, daba lecciones sobre tolerancia y dejaba la caspa y la costumbre de la patria folclórica, para vestir el resto del milenio de la lluvia finísima de abril muy cerca en Portugal. Nos queda, desde entonces, el gusto por el fado y por el tango, por ambos a la vez (María Lavalle dixit), el gusto por la queja y el quejío y un descaro de rock, como en Omega, con Enrique Morente y Lagartija Nick. La perla de la noche, si Bebo y El Cigala están de paso o es el último trago de Chavela.

Tiene también la sombra perseguida de Leonard Cohen y sus partisanos, Ute Lemper cantando a Elvis Costelo, los pies desnudos de una morna negra, de una mujer que bebe del océano, al que llaman Cesárea desde entonces. Le persigue un oráculo de sombras que alumbran, bien, sus noches, y está usted a gusto, gracias, acodado en él bar, ya saben dónde, si Llach le lleva a Ítaca o suena Ara Mateix, y saluda al futuro y le guiña al pasado su burla de silencios y de parcas.

A veces, le desliza el Lebrijano una música suave andalusí; viene de Tánger, de la tierra antigua; Luis Delgado acompaña por si acaso con sus hechizos en mi Babilonia. María del Mar Bonet le recompone, le lleva Raixa arriba, y amanece de nuevo en la plaza del Rey de Barcelona, donde jugó de niño. Es usted de la música en la misma medida en que Cuba es del viento y de las voces de Pablos y de Silvios. Y hay una mar antigua, que le atrapa detrás de la Atalaya, y le lleva hasta América, y le mecen las voces de María Elena Walsh, de Gieco y de Mercedes Sosa, o escucha tras las ruinas de su vida, igual que en las de todos, un murmullo de voces para la libertad, y le cortan la manos en Santiago de Chile (fue en el 73, usted recuerda).

Así, si la noche es un refugio antiguo y el que pone la música, cómplice de sus sueños, le arrastra a un mar de ron y soledades, donde arrecian con fuerza pastorcitos callados de una tierra adusta y fronteriza con José y Joao Afonso, recuerde que no debe nada a nadie, y recuerde que debe todo a todos, que los tiempos de hoy sólo se entiende sumando las cenizas del pasado.

Quédese con la música un ratito, con Dulce Pontes y su primeiro canto, Marizia y el azul, Cristina Branco, la Grecia de Eleftheria, el plas país de Brel, la calle del poeta Cabanyes y un Serrat de hace veinte y veinte años.

Gracias por la esperanza y a votar cuando toque, que, mientras tanto, sólo es tiempo de músicas.

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