Nikitkova: «Durante días no dijeron nada, luego hubo que abandonar hasta las mascotas»

La periodista ucraniana relata el padecimiento de una población víctima de la desinformación tras el desastre nuclear de Chernobil, del que se cumplen 25 años

Por la izquierda, García Alonso, Anfisa M. Nikitkova, Menéndez Casares y Joaquín Arce. pablo gómez

Oviedo, Eduardo GARCÍA

«Hay un refrán ruso que dice así: los tontos aprenden de sus errores; los inteligentes aprenden de los errores de los demás». La periodista ucraniana Anfisa Motora Nikitkova tenía 3 años cuando el 26 de abril de 1986, ayer hizo justamente un cuarto de siglo, el reactor número 4 de la central nuclear de Chernobil saltó por los aires. Anfisa era casi un bebé, vivía a unos cientos de kilómetros de la ciudad maldita y la tragedia no cambió su plácida existencia. O al menos eso creía. Hoy, Chernobil sigue pesando sobre la memoria de los habitantes de Ucrania. Sobre las estadísticas, doscientos mil muertos; sobre la salud, 270.000 casos de cáncer; sobre la economía… «El 25% del presupuesto nacional anual de mi país se va para el mantenimiento de las víctimas».

«El accidente nuclear de Chernobil, 25 años después» fue el título de un debate en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA que sirvió para mostrar la cara más dura del accidente, la que afectó al pueblo, y para reivindicar un mapa energético distinto a medio plazo en España. Ese mapa lo dibujó el geólogo Eduardo Menéndez Casares, de Ecologistas en Acción: nula potencia instalada de energía nuclear, carbón y fuel-gas; ciclos combinados «como mal menor», 32.000 megavatios de energía eólica, más todas las energías complementarias sostenibles.

Por encima de los números, los suspiros de emoción de Anfisa sonaron nítidos durante su lectura en clave de recuerdos. Aquella tierra, en 1986 perteneciente a la todopoderosa Unión Soviética, fue dos veces víctima. Primero, del accidente, y más tarde de la desinformación. «Hasta diez días después de la tragedia ni un periódico, ni emisora de radio ni cadena de televisión de mi país dijo una palabra sobre lo que había sucedido. Las familias hicieron vida normal, sin precaución de ninguna clase, ajenas a lo que ocurría». Los productos de Chernobil siguieron llegando y consumiéndose en todo el país: «Esta semana no compres carne, que viene de Chernobil, le avisaba en secreto una amiga carnicera a mi madre», recuerda Nikitkova, quien aprovechó su presencia en el acto de ayer en Oviedo para homenajear a los «liquidadores», aquellos que trabajaron tras el accidente en la central nuclear poniendo en serio riesgo su vida. «Sabían a lo que se exponían, sabían que no tenían casi posibilidad de supervivencia, hombres sanos y jóvenes que aceptaron realizar una labor suicida».

Un buen día llegaron autocares con guardias y soldados, mandaron a la gente de Chernobil y otras ciudades cercanas subir a los vehículos con la documentación y el dinero. Hubo que abandonar hasta las mascotas… «Les construyeron viviendas en otros lugares, abrieron escuelas, les dieron pensiones de por vida y se les ordenó que vivieran felices para siempre».

El catedrático de Química Analítica de la Universidad de Oviedo José Ignacio García Alonso explicó los secretos de la fisión nuclear y los porqués de la tragedia de Chernobil desde un punto de vista técnico. Cuando detalló los períodos de «vigencia» de algunos de los isótopos radiactivos, algunos por encima de los diez millones de años, cierta angustia se impuso en la audiencia.

El ecologista Eduardo Menéndez Casares cree que es posible un decrecimiento energético en España sin que por ello se reduzca el producto interior bruto. De 270.000 gigavatios actuales se puede llegar a los 200.000, «y por supuesto podemos vivir sin las nucleares. Es la energía nuclear la que precisamente está impidiendo un mayor desarrollo de las energías alternativas». El objetivo de Ecologistas en Acción es reducir en un 45% en el año 2022 las emisiones de CO2 respecto a 1990.

Anfisa Motora Nikitkova habló de sus mejores amigos. Tienen su misma edad, en torno a los 30 años, pero Julia y Eugenio, que vivieron el desastre de Chernobil bastante más cerca que ella, tienen problemas importantes de salud, asma aguda y otras enfermedades crónicas. Sus padres murieron jóvenes. «Hace un año han tenido su primer hijo, Igor, y son a pesar de todo una familia feliz demostrando que la vida sigue. La pregunta es: ¿en qué clase de mundo va a vivir ese niño?».

El acto fue presentado y moderado por el director general de Política Forestal del Principado de Asturias, Joaquín Arce, quien recalcó que «lo nuclear volvió a mostrar en Japón su cara más horrorosa».

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