Opinión: Yo tengo un primo

YO tengo un primo químico, como Sadam Hussein, dirán ustedes, que además trabaja en una de las multinacionales más contaminantes, pero que entiende y conoce del cambio climático, y además se lo cree. Lo que ocurre es que a sus hijos les da por comer tres veces al día, y además le da por intentar vivir bien (que es un derecho, dicho sea de paso).

Lo que ocurre es que a mi primo no le consulto sobre el día que hará mañana, atiendo al ‘Telediario’ que acierta poco, pero, a veces, incluso intuye las borrascas, las brumas matinales y las lluvias, y me fastidia cuando anuncia sol; el calor es una de las contradicciones de mi vida, que me afecta de tal manera que a estas alturas dudo de que haya remedio, por mi incapacidad como ser humano para vivir por encima de los veinte grados.

Sabe -como sabemos muchos- que el que se haya intentado, como se ha intentado, esconder lo del cambio climático tanto como se ha podido, es porque las multinacionales no quieren perder dinero.

Y si ahora se empieza a hablar de ello y a aceptar que existe realmente, es porque se están acabando los recursos clásicos, ergo no queda más remedio. Y lo más importante es que sabe que estas multinacionales ya han empezado a amarrar cómo se van a llevar el tanto por ciento también con el asunto de las renovables para continuar haciendo caja a causa del cáncer ajeno. Lo sabe porque trabaja en ellas y porque (debe de ser cuestión de familia) es un tipo más que medianamente inteligente.

El cambio climático supone una de las amenazas más importantes para el crecimiento económico de los países desarrollados y, en general, para el proceso de globalización.

Por este motivo, el asunto es de relevancia política, de tanta que muchos gobiernos le están dando a éste una trascendencia especial que contrasta con el trato que recibe en España, donde del cambio climático se quejan sólo desde el Ministerio de Medio Ambiente, ya que los otros ministerios (como el de Agricultura o Industria, por ejemplo) no lo incorporan en su agenda, ni entre sus prioridades, y hacen como si el problema no existiera.

Mira, Mariano, mi primo sabe que la lluvia en Sevilla es una maravilla, que ya saldrá el sol por Antequera (hasta que deje de salir), que el ratoncito Pérez está en extinción y otros muchos saberes, como, por ejemplo, que España (ya sabes esa nación, grande y libre) será uno de los países más afectados por el cambio climático, por las relaciones directas del 40% del PIB con los recursos naturales y el clima.

Que sufrirá el aumento de las temperaturas, la extremización de los fenómenos atmosféricos, la disminución del aporte de agua, el aumento del nivel del mar que afectará a las playas y poblaciones costeras y que el acortamiento de los periodos de transición climática afectará también a la agricultura y que, además, tendrá importantes costes en pérdida de biodiversidad, de ecosistemas, de salud (por las oleadas de calor) y de turismo.

Y mi primo sabe que España (ya sabes, esa unidad de destino en lo universal) es el país que peor está en el cumplimiento de Kioto (con un 55% de emisiones de gases de efecto invernadero), cuando, según estaba previsto en el protocolo, deberíamos estar en un 15% y que, si seguimos a este ritmo, estaremos en el 77% de emisiones de GEI en 2010.

También sabe el pariente que, hasta ahora, la preocupación acerca del cambio climático se ha visto reducida a organizaciones ecologistas, algunos partidos y unos pocos científicos. Pero que hoy es un tema que ocupa portadas de periódicos -día sí, día no- y agenda política.

Pero, sobre todo, lo que mi primo sabe es que no quedará en ridículo porque su primo lo saque a retozar a la intemperie de las burlas ajenas o lo traiga a colación por la piel del imperio, donde el sol se pone todavía cada atardecer.

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