Opinión: Que veinte años no es nada

EL CISE cumple veinte años. Veinte años desde que, al calor de los traumáticos años ochenta, aquellos años que nos aterrizaron para siempre en el fin del esplendor industrial, un grupo de personas de diversos movimientos de la iglesia de base y ciudadanos decidieron iniciar un proyecto para hacer frente de modo racional a la larga noche de la incertidumbre de la que estamos despertando todavía.

Los problemas macrosociales tienen respuestas microsociales; hay quienes se empeñan en dibujar en oscuro, en tirar piedras o en poner barricadas y se quedan ahí, y hay quienes cauterizan la rabia y el dolor buscando soluciones, aportando esfuerzos colectivos, buscando diminutos garitos, instalaciones precarias, aulas arracimadas, materiales escasos, y empiezan a pensar y a buscar soluciones, y con ello construyen una casa, que es la casa de todos desde entonces.

Cuando más arreciaba la molienda, allá por el 87, en plena vorágine del naval, en medio de la incertidumbre y en pleno Natahoyo, frontera del Gijón burgués y del Gijón periférico, en la callejuela de Vicente Jove, en una esquina, muy cerquita del ‘Gedo’, a dos pasos de ‘la Puch’, en pleno corazón obrero de Gijón, a tres manzanas de la Trefilería de Moreda, hoy barrio dormitorio de esta ciudad que a ratos estalla con la rabia y a ratos se arrulla y se adormece con el simple rumor de las aguas batientes frente al Monte Coroña, allí asentó sus reales el Centro de Iniciativas Solidaridad y Empleo, el CISE.

Desde hace veinte años, un pequeño ejército de trabajadores y voluntarios que ha ido renovándose desarrolla la tarea para y por los demás. Primero fueron los grupos que vivieron como nadie la reconversión, los afectados y las afectadas por la crisis del naval, de la precariedad, del desempleo, de la ausencia de ingresos, las madres y los padres de familia, los jóvenes que necesitaban repensar su futuro y encontrar en una nueva cualificación un empleo muy diferente al suyo, tradicional, y conseguir vivir con el milagro cotidiano de asistir a algún curso, recibir algún apoyo, conocer los recursos y las prestaciones y, además, en cualquier caso, tener conciencia colectiva de que frente a la pared severa de la derrota algunos -muy cercanos, solidarios de alpargata y de a pie de calle- habrían cada día la persiana en una esquina del barrio para encender el farol frente al naufragio.

Desconozco la cifra concreta, pero, en veinte años, cuántos cursos, cuánta formación, cuántos talleres, cuánta actividad, cuántas horas de sueño robadas a la vida por los demás y cuánto frío Yo al menos recuerdo que hacía mucho frío algunos días en aquel local en que necesité y hallé, por razón de trabajo, siempre gente dispuesta a escuchar y a ayudar.

En estos días, se celebran en el Antiguo Instituto los actos del veinte aniversario del CISE, con una exposición y unas mesas redondas a las que será bueno asistir, aunque simplemente sea para reconciliarnos con nuestro ayer, para agradecer con la presencia tanto esfuerzo colectivo hacia personas que en estos últimos años -y sin abandonar los retos permanentes del trabajo con los más necesitados- están volcando sus esfuerzos en facilitar la integración social y laboral a muchos seres humanos a los que una marejada de necesidad trajo aquí. El CISE ha cogido color en estos años, el color de entender la tarea del respeto, la tolerancia y la solidaridad como la única que se puede portar con dignidad.

Hace ya algunos años escribí un poema para mi hijo cuyo título, ‘El condenado a muerte’, señala el camino que debe recorrer con el que llega en barca a sus orillas. Finaliza así: «Cada uno construye sus orillas / y las deja pobladas o desnudas. / Pronto amanecerá / y si el fanal de la casa está encendido / en tu gorra de capitán habrá otra estrella».

Feliz aniversario, capitanes.

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