Los sobrecostes del puerto de Gijón

SABIDO es que los puertos, llenos de brumas de amanecida, han sido perfectos escenarios para novelar y filmar historias de bajos fondos, de tipos oscuros que buscan el filo en el que practicar negocio ilícito y bronco. No podría, pues, haber mejor escenario que un puerto, El Musel, para contener una historia de desorbitado gasto. Con sobrecostes, con trama político-empresarial y con toda impudicia.

Sabido es que la ciudadanía ha valorado esta obra como innecesaria, faraónica y propia de una cultura del hormigón que hay que ir eliminando. Que sólo se justifica por el hecho mismo de la obra en sí, verdadero interés especulativo del asunto. El chollo estaba precisamente en la piedra y el cemento, que no había ningún argumentario capaz de convencernos de la necesidad de tal infraestructura, pero, como en el metrotrén, una vez más, el chollo y las chequeras justifican lo que los ciudadanos con sentido común no atinan a entender.

A día de hoy, los sobrecostes de El Musel y del HUCA alcanzan más que el presupuesto del Ayuntamiento de Gijón para un año. Del sobrecoste llaman la atención, en primer lugar, las declaraciones del consejero Buendía respecto a que «la mayor obra pública licitada en Asturias», como suele anunciar, no esté sujeta a la ley de Contratos de las Administraciones Públicas, hecha precisamente para garantizar el interés público en esos contratos y el principio de legalidad. Según el consejero, es un contrato privado y no está sometido a los controles de la ley. Pues así nos va. Esta es la consecuencia de huir intencionadamente de los controles del Derecho Administrativo, no se sabe con qué finalidad. En segundo lugar, pensar que si la cantera prevista no estaba disponible, se debería haber parado la obra y esperar lo que hiciera falta a que estuviera disponible la cantera más cercana y no tirar hacia delante -sin crédito y sin respaldo legal- y embarcar a la sociedad asturiana en un sobrecoste absurdo.

Cuando se planteó la alternativa 3C, su presupuesto rondaba la mitad de este desaguisado actual, sumando obra y sobrecoste. Cuando se licitó la actual propuesta, las constructoras ya conocían de dónde debía proceder el relleno y, aún así, licitaron a la baja con la anuencia política. Además, éste no será el último sobrecoste injustificable de una obra que no ha de concluir antes de 2012. Y si no, al tiempo.

Toda una operación que el señor Serafín Abilio considera de poca importancia. Si tan poca importancia tiene el desfase de la obra de El Musel, que se prescinda del 13% de gastos generales y del 6% del beneficio industrial, ya que los gastos generales ya acompañan el proyecto inicial y el beneficio va sobrado también con el que tenían previsto. ¿Podríamos exigir a los patriotas constructores, tan interesados en nuestro bienestar y en la cosa pública, que renuncien a ese sobrebeneficio?

Y, si esto no es suficiente para cuestionar un gobierno o derribarlo con moción de censura o suicidio colectivo, con un desfase de unos 200 millones de euros (33.277.200.000 pesetas) en una obra proyectada y presupuestada, parecen suficientes para abrir, al menos, una comisión de investigación, denunciarlo en anticorrupción o exigir responsabilidades políticas, además de a la Autoridad Portuaria, a las empresas, a los redactores del proyecto, a los inspectores que certifican, etcétera.

Es lamentable que en Asturias se despilfarren 200 millones de euros adicionales, buena parte del Fondo de Cohesión europeo. Con ese dinero, dejado de forma irresponsable en la carretera y en las carteras de algunos, se podría construir, por ejemplo, otro Hospital Central, muchos colegios e institutos y financiar muchísima I+D. Doscientos millones de euros equivalen a todas las inversiones en Educación en Asturias en 5 años o al gasto de I+D de Asturias de 10 años.

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