Contra la indefensión

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Contra la indefensión

31.10.11 – 02:37 – EL COMERCIO
PILAR CALVO HOLGADO | PSICÓLOGA, INVESTIGADORA Y CANDIDATA POR ASTURIAS AL CONGRESO POR EQUO

La indefensión aprendida es una condición psicológica en la que las personas aprendemos a creer que estamos indefensos. Desde que descubrí este concepto, hace años, he reconocido en los comportamientos de muchas personas una situación de indefensión, fácilmente reconocible cuando se trata de grupos sociales o del conjunto de una sociedad. Asistimos desde hace tiempo a una serie de cambios bruscos en lo económico, lo social y lo ambiental que nos sitúan como ciudadanos en un marco de desesperanza. Estamos acorralados y esto nos paraliza. Se trata de un aprendizaje. Hemos aprendido la indefensión como ciudadanos y a menudo mostramos comportamientos de hastío que manifiestan nuestra incapacidad para controlar las decisiones políticas que nos afectan.

Los días pasados, como consecuencia de tener que pedir avales en la calle, he tenido la oportunidad de hablar con numerosas personas y les he explicado la necesidad impuesta a los partidos que aún no tiene representación parlamentaria de reunir un determinado número de firmas. El denominador común en la gran mayoría es el descontento político, la desilusión e, incluso, la repugnancia, pero sobre todo la indefensión como ciudadanos. Tal indefensión era expresada como «no vale la pena hacer nada», «no se pueden cambiar las cosas», «los políticos nos metieron en esto», «paso de política», «yo me abstengo», «son todos iguales»… Y este comportamiento resulta fruto del aprendizaje. Las preguntas lógicas tras un aprendizaje son: ¿quién nos lo ha enseñado? ¿Ha tenido un objetivo premeditado? A la primera podríamos contestar que fueron los mercados, los bancos, las políticas económicas neoliberales de estas «democracias formales». E, inevitablemente, viene a mi cabeza aquel capítulo de ‘Las uvas de la ira’, que invito a releer: «si un banco o una compañía financiera eran dueños de las tierras, el enviado decía: el banco, o la compañía, necesita, quiere, insiste, debe recibir, como si el banco o la compañía fueran un monstruo con capacidad para pensar y sentir, que les hubiera atrapado. Los enviados no asumían la responsabilidad por los bancos y explicaban el mecanismo y el razonamiento del monstruo que era más fuerte que ellos. Respiran beneficios y si no tienen esto mueren. Los hombres lo crearon pero no lo pueden controlar». Nosotros lo tenemos algo más fácil; solo hay que seguir la prensa para poner nombres y apellidos a quienes en nuestro nombre han tomado decisiones políticas, nacionales y europeas, sin ir más lejos. Lo han hecho poco a poco, como anestesiándonos, haciéndonos creer que decidíamos, cuando en realidad elegíamos sucesivamente entre «susto o muerte», poniéndonos delante la vanidosa zanahoria del «consume-tira-consume» para hacernos creer que íbamos a ser más felices teniendo más y siendo menos. Menos críticos, menos analíticos, no había que tener hábitos de pensamiento, había que producir sin descansar, aunque no supiéramos muy bien para qué o sus efectos secundarios; con prisa para comer, para viajar, cual conejo de Alicia, sin saber hacia dónde nos dirigían, sin pararse a preguntar qué aportaba al bien presente y futuro de la sociedad que no fuera «alimentar al monstruo».

Así las cosas, y repitiéndonos por megafonía, cual ‘Show de Truman’, que ese era el Estado del bienestar, mientras iban avanzando los recortes en servicios públicos, se les escapó de las manos el crecimiento sin medida, la especulación se volvió contra la Bolsa, quebraron bancos y nos regalaron a los ciudadanos una crisis empaquetada que estamos digiriendo sin siquiera quitarle el envoltorio. Y hubo contestación social, que continúa en la calle clamando por un cambio. Son muchos, pero también son muchos los que no salen, por pereza, por miedo, porque creen que esta no es la vía de cambio, porque no se ven identificados o simplemente están aturdidos. Vuelve a ser indefensión. «Haga lo que haga, nada cambiará». Creen que no pueden participar en una política de transformación aun cuando reconocen la urgencia de hacerlo. Negarse a tener relación con la vida pública y preferir quedarse en el contexto y las preocupaciones de la vida privada, es legítimo, pero no asumir la responsabilidad de producir cambios es propio de sociedades con un déficit educativo, en el sentido en que Paulo Freire hace referencia a la necesidad de una pedagogía de la indignación: «no te esperaré en la pura espera, porque mi tiempo de espera es un tiempo de quehacer». La política se introduce en nuestras vidas y los problemas ya no se pueden resolver en el ámbito individual. No conozco ni a una sola persona que le guste respirar aire contaminado, que no disfrute con un paisaje natural, que no saboree un producto cultivado ecológicamente. Sin embargo, dejamos que la política no apueste decididamente por las energías renovables, no les pasamos factura por su falta de compromiso con la reducción de emisiones de CO2, les permitimos que sigan en línea recta con un sistema productivo que vulnera el más mínimo principio de sostenibilidad, con una gestión de recursos abusiva, envolviendo nuestras mentes como envases no retornables.

Dado el diagnóstico y retomando el título que da pie a este escrito, solo veo una fórmula contra la indefensión, que no es otra que repensar cómo nos gustaría que fuese nuestro presente y nuestro futuro cercano y el de nuestros hijos. Probablemente una economía que no dañe la sociedad, unas políticas de empleo que reactiven la economía sin dañar el entorno, que favorezcan la equidad con mayor participación de los ciudadanos en la democracia cotidiana. Y, cómo no, una visión holística radical como alternativa a la crisis financiera, una propuesta bajo el paraguas de la sostenibilidad, más investigación, más capital humano, que sean los trabajadores quienes participen activamente en ese cambio de modelo productivo, servicios públicos básicos gratuitos como la educación y la sanidad, modelos de movilidad cada vez menos dependientes energéticamente y empleo verde, más empleo, en sectores como la renovables, la rehabilitación de edificios, la biodiversidad agraria, el transporte colectivo, el tratamiento de residuos, servicios de consultoría y formación, gestión de recursos, sociedad del conocimiento, etcétera. Pero para que esto sea posible tenemos que participar, comprender que la realidad se puede cambiar, que existen posibilidades reales, buscar apoyo en nuevos grupos que ya han echado a andar, para dar pasos más allá, centrarse en las oportunidades y decidir que somos protagonistas y responsables de nuestra propia historia. Y romper decididamente con la indefensión inducida.

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