Opinión: Un Gobierno universal

EL consumo excesivo, impulsado por el crecimiento de la población y por el ‘éxito’ del capitalismo globalizado afecta a toda la Tierra y cada vez nos preocupa más. Sobre todo por su insostenibilidad: provoca cambio climático, contaminación, agotamiento de recursos y pérdida de ecosistemas, especies y paisajes naturales. Además, estos problemas nuevos de la humanidad se añaden, y no sustituyen, a los viejos, todavía muy presentes: pobreza, falta de derechos humanos, guerras, riesgo nuclear, etcétera.

Al hablar de los nuevos problemas, las autoridades y las grandes empresas dejan caer, nunca de forma inocente, que todos somos responsables y debemos contribuir a resolverlos siendo buenos ciudadanos y adoptando comportamientos individuales ‘ecológicos’ en nuestra vida diaria. Juegan con nosotros. Y muchos ciudadanos mentalizados, pese a todo, por convicción, hacemos un gran esfuerzo en esa línea.

Sin embargo, ese esfuerzo no es suficiente. Ni es el camino más correcto. Combatir el consumismo, el cambio climático o la pérdida de biodiversidad, problemas colectivos de alcance planetario, con medidas individuales, voluntaristas, del tipo de gastar menos en Navidad, apagar el piloto de la televisión, etcétera, es ingenuo e ineficaz. Tanto como pensar que acabaremos con el hambre dando limosna en misa o que podemos garantizar la paz durmiendo con un fusil bajo la cama.

Analicemos con más detalle estas cuestiones. El consumo “en demasía” (afortunada expresión de Joaquín Araujo) efectivamente es la causa de muchos de los problemas de nuestro planeta. En los países desarrollados casi todos deberíamos consumir menos. Y de otra manera. Pedro de Silva, en un lúcido artículo titulado “Crecer por dentro no cotiza”, señalaba hace poco que “tratamos de poner remedio a la crisis climática mediante recetas para el catarro, como el control de las emisiones o las demoliciones en la costa, cuando el problema de fondo es la demografía y el consumo masivo” y propone “sustituir el desarrollo material por el desarrollo personal”.

En la misma línea, desde hace años, hay una corriente de pensamiento que preconiza el “Decrecimiento Económico”, entendiendo por tal, en palabras de Pepa Gisbert en el último número de la revista de Ecologistas en Acción, “generar valor y felicidad reduciendo la utilización de materia y energía”. Proponen “volver a su cauce el desbordado río del consumo”, al menos en lo referente a los bienes materiales.

Pero ¿cómo?. Para poder reducir el consumo de forma efectiva debemos evitar centrarnos en promover comportamientos individuales heroicos y contracorriente. Esta estrategia es insuficiente y responde a maniobras de distracción muy interesadas. Hay que tener claro cómo funciona el sistema en el que vivimos. Conocer de quién es la responsabilidad de afrontar cada problema social.

No es difícil de saber. En las escuelas de economía, la teoría siempre se ha estudiado. Aunque después, muchas veces, por intereses, no se aplique en la vida real. Los asuntos económicos y medioambientales globales, como otras cuestiones sociales, son bienes públicos, no privados, en el sentido económico y político del término. Como tales, no pueden dejarse en manos de decisiones individuales o del libre mercado, sino que deben ser gestionados por los que tienen la obligación de llevar las riendas de la sociedad: los gobiernos y el sector público. Para eso existen políticos, leyes, impuestos, gasto público, funcionarios, policías y jueces.

Y, según su ámbito territorial, cada asunto debe ser abordado y resuelto por un gobierno local, regional, estatal o mundial.

No hay otro modelo que funcione. Por eso, para afrontar con éxito los problemas globales que hemos señalado, son imprescindibles unas instituciones internacionales que vayan mucho más allá que la ONU actual. Un verdadero gobierno mundial, con las competencias, medios y recursos para ello. Que sea capaz de implantar normas vinculantes, interiorizar en los mercados mundiales todos los costes ambientales y sociales, garantizar derechos e imponer deberes. Porque los Estados nacionales del siglo XIX, los partidos y sindicatos encerrados en sus fronteras e, incluso, las instituciones de ámbito territorial supraestatal, pero limitado, como la UE, ya no nos valen para resolver las crisis globales del siglo XXI. Deben abrir paso, lo antes posible, a nuevas estructuras políticas.

Sin necesidad de referirnos a complejos manuales, muchas personas apoyan hoy en día este planteamiento. Norman Birnbaum, lo destacaba hace unas semanas en un pesimista artículo en ‘El País’ titulado ‘Un mundo de complejidad abrumadora’: «Los seres humanos están contribuyendo a hacer la tierra inhabitable, pero ése es un problema que no podrá resolverse mientras no nos ofrezcan un principio de gobierno a escala mundial». Y David Hayes, en el mismo diario, insistía hace poco, con ilusión y elegancia, en una idea parecida: «para afrontar los riesgos de la humanidad, cada vez más grandes y evidentes, hace falta un nosotros global».

Pero para conseguir que funcione ese ‘nosotros global’, habrá que vencer las resistencias de los que se encuentran más cómodos con el actual sistema: los ricos y poderosos del planeta (entre los que estamos los asturianos); los políticos miopes o egoístas que sólo miran el ciclo electoral y el corto plazo, y las escurridizas empresas multinacionales, hoy casi libres de controles fiscales o sindicales y dueñas del mundo.

Y, en ese proceso, el papel principal de los ciudadanos con visión de futuro no será comprar un coche nuevo que contamine menos o apadrinar un niño del Tercer Mundo, actuaciones que pueden estar bien, pero que, por desgracia, no transforman el sistema, sino impulsar el cambio, de forma activa, explicando a la gente su necesidad y eligiendo con cuidado la papeleta del voto para llevar al poder a los que quieran atacar los problemas globales desde lo público, mediante la reforma del sistema legal y económico y de los modelos de vida. Además urge. Porque salvo que la imaginación humana y la ciencia nos salven en el último momento, queda poco tiempo. ¿A qué esperamos entonces para trabajar en serio por un nuevo orden económico y social mundial que garantice la sostenibilidad y la globalización del estado de bienestar, los derechos humanos y la protección del medio ambiente?

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