El presupuesto prorrogado de mi casa

Joaquín Arce Fernández Economista y ecologista

Mi mujer y mis hijos no me quieren aprobar el presupuesto de mi casa. Y eso que les conté que era marcadamente inversor y social. Son mayoría y no tragan. Seguro que hay un pacto secreto. Voy a tener que prorrogar el del año anterior.

Yo sé para mí que el presupuesto, en estos tiempos, es un papel que no vale para mucho y que, después de aprobado o prorrogado, puedo modificar a mi antojo. Sé que lo importante, en mi casa, no es perder tiempo y energías con la comedia del presupuesto, sino recaudar con rigor los ingresos y gastar menos de lo que tengo, de forma eficiente y sin que me roben demasiado, para atender las necesidades de mi familia y poder ahorrar para invertir, con buen criterio, en cosas sostenibles.

Sé también que los ingresos que voy a obtener el año próximo y los pagos que voy a hacer es fácil que no se parezcan mucho a los que figuran en el presupuesto que hoy quiero que me aprueben. Nunca se parecen. Entre otras cosas, porque para camelar a mi familia e intentar que me voten el presupuesto, como todos los años, he inflado ingresos y he maquillado algunos gastos. Para quedar bien. Y porque los ingresos serán los que sean, según la evolución de la economía, y los gastos serán, en parte, gastos casi fijos que tenemos como todas las familias, y ésos, a veces, suben o bajan por razones ajenas a mí, que no puedo controlar.

Es verdad que no debería pasar nada grave si mi familia no me aprueba el presupuesto. Todo seguirá igual, sin cambios. Incluso es posible que el del año pasado fuera más razonable. Pero me toca mucho las narices que, si yo soy el que gobierno y hago un nuevo presupuesto, los demás, aunque sean la mayoría, quieran decidir algo en este asunto. Faltaría más. No pienso negociar. No quiero reformar nada. Me basta con permanecer en el poder. Mi mujer, en cambio, dice que le gustaría cambiar cosas: que obtengamos más ingresos y gastar más en causas sociales. Qué chorradas. Mi hija prefiere que gastemos e ingresemos menos, ¡imposible! Y de los niños, uno es un impresentable con el que no se puede tratar y el pequeño, tan idealista él, no se fía de mí desde que le engañé con promesas que no cumplí. Son todos unos irresponsables.

Para intentar doblegarlos y que pasen por el aro sin negociar, no les voy a confesar que me da igual tener un presupuesto prorrogado, que es casi lo mismo. Me quejaré, haré teatro presupuestario. En vez de dedicarme a gestionar bien con visión a largo plazo, perderé el tiempo. Les voy a asustar contándoles que, si rechazan este presupuesto, en casa sufriremos un montón. Les diré que perderemos ingresos. Ya veré cuáles. Y desde luego los amenazaré con que dejaremos de gastar en lo que más les duela. Eso va a ser así porque lo digo yo. Además, les pediré a mis amigos que cuando pasen por mi calle, para respaldarme, se quejen a voces de que en esta casa no hemos aprobado el presupuesto. Si no lo hacen, no los invito más. Y le recordaré a mi familia que vea en la prensa regional lo que pasa en Asturias por no aprobar el Presupuesto (en otros sitios no, que no son tan masoquistas).

Si con eso no consigo que me lo aprueben, por lo menos, seguro que les crearé mala conciencia y los dejaré fatal ante los vecinos, que es de lo que se trata. ¡Se van a enterar, no podrán salir a la calle con la cabeza alta, je, je!

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