Diez años de luchas ecologistas en Asturias. Caliao, incineradora, Musel, regasificadora, Sama-Velilla, Salave…

A finales de 2004, en el local del Arcu la Vieya, en Oviedo, se constituyó la Plataforma contra el embalse de Caliao (Caso) con la participación inicial de las asociaciones ecologistas de ámbito regional más importantes: ANA, la Coordinadora Ecologista y Ecologistas en Acción y a la que se fueron sumando otros grupos medioambientales locales y estatales, partidos políticos y sindicatos.

En 2005, como desarrollo de la buena coordinación que se había conseguido entre los distintos componentes de esa plataforma, los ecologistas de Asturias comenzaron a celebrar todos, de forma conjunta, el día del medio ambiente, el 5 de junio de cada año, así como otras muchas actuaciones en la calle y frente a las administraciones.

Desde entonces se han sucedido numerosas luchas contra proyectos contaminantes, urbanísticos o de pérdida de biodiversidad en las que han participado diversos grupos de forma coordinada. Muchas de esas luchas han sido protagonistas también de las celebraciones del día del medio ambiente de cada año, en las que por toda la región se han movilizado multitud de personas y colectivos sociales o vecinales de todo tipo.

Así, en los días del medio ambiente celebrados se fueron sucediendo asuntos como el embalse de Caliao, en 2005 (centrado en la conservación de la biodiversidad del parque natural de Redes y la nueva política del agua), en 2006 la urbanización de la turbera de Dueñas (especulación urbanística y caciquismo en Cudillero), en 2007 el trasvase de Arbón (de nuevo, la nueva política del agua), en 2008, la ZALIA (desarrollismo insostenible), en 2009, el desmonte del Alto Aboño en Xivares (obras megalómanas de mucho impacto en el entorno del puerto de Gijón), en 2010, la urbanización de las dunas de El Espartal (especulación urbanística y pérdida de reductos de biodiversidad en la costa) y la incineradora de Serín (contaminación y gestión de residuos: reducción, reutilización y reciclaje), en 2011, la mina de oro de Salave (contaminación, residuos y desarrollo insostenible), en 2012, las nuevas líneas de alta tensión (impacto ambiental y desarrollo insostenible), en 2013, la fractura hidráulica para la extracción de hidrocarburos (modelo energético, cambio climático y contaminación de los acuíferos) y en 2014, las infraestructuras innecesarias con efectos negativos sobre el medio ambiente (desarrollismo derrochador e insostenible),…

En estos diez años hemos visto como el movimiento ecologista asturiano, gracias al fuerte trabajo desarrollado por numerosas personas de buena voluntad, al apoyo de la normativa y las instituciones de la UE, y a la racionalidad de nuestros planteamientos, ha ganado numerosas batallas ambientales. Entre ellas podemos destacar la referente al ya citado embalse de Caliao, eliminado del Plan Hidrológico Nacional, la incineradora de COGERSA, cuya licitación se anuló en 2011 tras un contencioso ecologista, la regasificadora de Gijón, cuya autorización también se anuló en 2013 tras otro pleito ecologista, los planes urbanísticos desarrollistas y especuladores de varios municipios, la moratoria de plantación de eucaliptos entre 2009 y 2013, la mina de oro de Salave, en Tapia, que tras varios años de luchas y pleitos, en 2014 no obtuvo finalmente la declaración de impacto ambiental favorable, la línea de alta tensión Sama- Velilla, que después de muchas manifestaciones y miles de alegaciones fue eliminada también en 2014 de la planificación energética española, el AVE Lena-Gijón y la autovía La Espina-Ponferrada, excluidos de los planes de infraestructuras y que no superaron los primeros pasos de su tramitación ambiental, la ampliación del puerto del Musel que por los fraudes detectados perdió todas las ayudas europeas y acabó en el fiscal anticorrupción, etc

Pero pese a todo ese trabajo y esas importantes batallas ganadas, los ecologistas de Asturias, como los del resto del mundo, nos quedamos con la sensación de que, al menos de momento, estamos perdiendo la guerra global.

El consumo en el mundo continúa creciendo por encima de todos los límites; la competitividad, casi sin reglas, es la ley suprema; el capital globalizado se escapa cada vez más al escaso control de los gobiernos democráticos nacionales decimonónicos, que además al endeudarse, en vez de exigir impuestos, se debilitan aún más y se sitúan al borde de la quiebra; el modelo energético basado en los combustibles fósiles se reconvierte muy lentamente y acelera el cambio climático hasta hacerlo casi imparable e irreversible, próximo al colapso; la biodiversidad continúa deteriorándose; y la desigualdad social creciente y la perdida de derechos sociales, donde los había, hacen que el mundo sea injusto y el cambio de modelo ambiental se vuelva más difícil y menos prioritario para mucha gente acuciada por otros problemas más inmediatos. Además, el cambio tecnológico, que en ocasiones fue la solución a los problemas, no parece capaz de corregir esas situaciones.

¿Cómo podemos dar un vuelco y ganar esa guerra? La verdad es que siendo realistas, parece muy difícil y lejos del alcance de los movimientos sociales actuales en solitario. La única solución que vemos algunos es que las personas del mundo decidan tomar los mandos de la nave en la que viajamos, actualmente sin timonel.

Para eso es necesario un gobierno mundial fuerte y democrático, social y de derecho, que se sitúe por encima de los bancos, las empresas multinacionales, los inversores, los mercados y los intereses nacionales. Un gobierno que los someta a normas y les imponga todos los tributos que sean necesarios para financiar, sin deudas, un estado del bienestar global (educación, sanidad, pensiones y servicios sociales), para distribuir la renta de forma más equitativa y para aplicar políticas medioambientales de decrecimiento y control del uso de los recursos naturales, que sean capaces de evitar los gravísimos efectos externos negativos de buena parte de las actividades económicas y mantener los equilibrios básicos para la vida en el planeta

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