Menores extranjeros

LA Consejería de Bienestar Social no sabe qué hacer con ellos. Después de una década de conseguir reducir el número de menores alojados en centros, gracias a la eficacia de las políticas de prevención y apoyo a las familias, de potenciar los acogimientos y las adopciones y tras haber reducido en más de 200 el número de menores con medidas de alojamiento (pasando en una década de 550 a 350, en números redondos), llegan los M. E. N. A., desbordan el sistema y colapsan los centros, sin que haya habido una respuesta eficaz, ni se prevea, al calor de las declaraciones de las responsables del citado organismo.

La Unión Europea definió M. E. N. A. (Menores Extranjeros No Acompañados) en 1997 como aquellos niños y adolescentes menores de 18 años, nacionales de terceros países, que se encuentran en el país receptor sin la protección de un familiar o adulto responsable que habitualmente se hace cargo de su cuidado, ya sea legalmente o con arreglo a los usos y costumbres. No se trata, sin embargo, de una población homogénea y conviene distinguir hasta cinco tipologías, algunas de las cuales no están presentes todavía en Asturias.

Hay niños inmigrantes, con proyecto migratorio, que llegan a España para conseguir trabajo, siendo en muchas ocasiones la propia familia la que les impulsa y les anima al viaje, una pura lógica de subsistencia. Suelen ser niños poco problemáticos, maduros para su edad, que resisten mal el corsé de las normas de los centros y constituyen el grupo ideal para favorecer el acogimiento en familias de su propia cultura, asentadas y normalizadas en Asturias, a través de un efectivo programa de acogimiento familiar que contemple ayudas económicas a las mismas, que en cualquier caso son más baratas y efectivas que su estancia en centros.

Hay niños con «itinerancia transnacional», sin vínculos familiares, niños de la calle en su país de origen, acostumbrados a mendigar o a robar, que cruzan por impulso la raya, con muchos años de calle y de consumos, adictos a la ‘goma’, que llevan armas blancas y se fugan permanentemente de los centros, forman junto con un tercer grupo de menores con problemas personales, el segmento que causa mayor alarma social.

Son chavales con antecedentes por delitos, prostituidos o usados como ‘transporte’ de droga, controlados por mafias, sin apego ninguno por la figura del varón adulto (de la figura femenina ni hablamos), con trastornos de comportamiento, de salud mental, que ejercen la violencia como escuela, que rezuman los centros de menores de Asturias sin que se haya encontrado el recurso adecuado para los mismos, más allá de bordear la ley, con estancias irregulares en primera acogida, sin aprender el manejo de estas situaciones con los que hay importantes experiencias de trabajo de calle en países latinoamericanos, y de alojamientos alternativos en otras comunidades con más historia en este asunto.

Poco sabemos en Asturias aún de los otros dos contingentes de niños que han ido emergiendo en otras comunidades, pero seguro que vendrán. Niños acompañados y luego abandonados en este país, que tienen graves enfermedades y que precisan intervenciones médicas, imposibles en su país de origen, forman la más cruda realidad de unos padres dispuestos a abandonarlos con tal de que vivan. Sin duda, el rostro más terrible del amor. Y niñas embarazadas, por violación o fuera del matrimonio, que huyen de su país para evitar lapidaciones con la connivencia de un Occidente que se queja ahora de no saber qué hacer con ellos.

Hace ya más de un año, escribí en esta misma sección un artículo titulado ‘Niños de nadie’ y advertí de que el asunto de los hijos de la inmigración era imparable. La solución exige un compromiso moral, ético y político, y no un parche administrativo. Podemos asistir a su linchamiento social y seguir desayunando tan tranquilos (no se me atraganten con la tostada, please).

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