EL LOBO Y EL MAR

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El lobo y el mar
JOAQUÍN ARCE FERNÁNDEZ/MIEMBRO DE LA MESA FEDERAL DE LOS VERDES DE ASTURIAS

AYER: hace dos o tres décadas, en la costa asturiana todavía se mantenían vivas las culturas campesinas tradicionales que han configurado nuestro rico y diverso paisaje. El territorio se ordenaba en círculos concéntricos alrededor de la aldea o el caserío: primero, las huertas, frutales y tierras de cultivo; después los prados para el ganado, y finalmente, los montes, que en la costa eran bastante escasos. Los pueblos, en general, estaban separados del mar, en busca de mejor clima y tierras más productivas.

El lobo, símbolo de la naturaleza salvaje, lo tenía muy difícil en la costa. Debido a la gran densidad humana y agroganadera y a la escasez de montes donde refugiarse, era fácilmente perseguido y, por ello, casi no existía. Sólo podía hacer excursiones esporádicas al mar.

Hoy: tras la entrada en la UE la agricultura asturiana aceleró su crisis y la costa se despobló de campesinos. Las tierras de cultivo, los pastizales y muchos prados se abandonaron y el monte (sobre todo el matorral y los eucaliptos) comenzó a avanzar. En general, ese declive del medio rural ha sido empobrecedor desde el punto de vista social, cultural y ecológico.

Pero el nuevo escenario también ha traído alguna consecuencia estimulante: la fauna salvaje está más protegida y los lobos en los últimos años han reaparecido en zonas como el Cuera y las sierras vaqueiras de Cudillero y Valdés. Han vuelto a vivir cerca del mar.

Hoy no sería extraño encontrarnos una de nuestras manadas de lobos haciendo correrías nocturnas por playas como las de Torimbia, la Cueva o la concha de Artedo. Y eso, en estos tiempos, es algo único en Europa occidental, que convierte a nuestra cornisa cantábrica en un espacio natural privilegiado.

Mañana: la etapa en la que se encuentra en estos momentos la costa no es más que un breve momento de transición entre un viejo sistema de ordenación económica y territorial y otro nuevo. Llega con una fuerza casi imparable un nuevo modelo de usos del espacio. En dos o tres décadas, la agricultura, la ganadería y la pesca en la costa seguramente habrán sido sustituidas por el monocultivo turístico y residencial.

Los ricos círculos concéntricos de nuestras aldeas pueden ser borrados del mapa por las monótonas franjas rectas del conglomerado turístico que, como en el Mediterráneo, ocupa el territorio formando líneas casi continuas paralelas a la costa: junto al mar, la estrecha franja de protección del POLA y la Ley de Costas (donde la respeten); después, hoteles y urbanizaciones; más adelante, campos de golf y una segunda línea de viviendas; a continuación, autovías y carreteras y, finalmente, centros comerciales y polígonos industriales.

Debido a esa marea descontrolada de desarrollo urbanístico y de infraestructuras, los municipios costeros volverán a crecer y aparecerán grandes fortunas y gobiernos locales corruptos.

Y los ciudadanos, los jueces y los poderes públicos encargados de la ordenación del territorio y la política económica (con la ayuda de nuestro clima y orografía) deberemos esforzarnos para lograr orientar bien ese proceso, en el tiempo y en el espacio, combatiendo la especulación y el crecimiento desordenado y en busca de un modelo que combine la necesaria conservación de la diversidad y el patrimonio de las etapas anteriores con la sostenibilidad ambiental y económica.

Si no lo conseguimos, la costa de Asturias perderá en pocos años gran parte de su paisaje, su cultura, su cohesión social, sus valores democráticos y sus recursos naturales.

Y los lobos, y el resto de nuestra vida salvaje, no podrán cruzar esa gran barrera de hormigón, asfalto, alambradas, ruidos y luces, y tendrán que retirarse de nuevo a los lugares en los que no se ve el mar.

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