Opinión: Una Generación

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ – EL COMERCIO
DURANTE el mes de julio, muchas de mis alumnas se encontraban dedicadas a la tarea de presentar copia del expediente académico universitario y acreditación de puntos de concurso para optar a la oferta del programa de prácticas para jóvenes titulados universitarios de la Administración del Principado.

A algunas las he vuelto a encontrar en agosto cuando los baremos y las puntuaciones de sus expedientes han determinado la mayor o menor fortuna de poder acceder a un empleo de dicho plan.

No tendría esto nada de particular si no fuera que retrata de manera muy particular el fresco de una generación. Todas ellas tienen entre 22 y 30 años, son tituladas universitarias de grado medio o superior (diplomadas o licenciadas) de las cuatro últimas promociones (unas 1.500 solicitudes baremadas) que buscan desesperadamente una contratación con un número de plazas exiguas (una pocas decenas) que durante un año y por 700 euros a mes les permita hacer un contrato de prácticas en la Administración regional y, si les toca, absolutamente felices, porque les permitirá aplazar la partida a la deriva de mejores condiciones fuera de Asturias, pero en ningún caso iniciar proyectos de vida independiente por debajo de los 30 años.

Quizás esta bomba demográfica de exilios laborales no se tiene en especial consideración en Asturias, pero a mí me preocupa enormemente por las repercusiones de futuro y por el drama humano que supone en lo cotidiano. En agosto, también conocimos este dato: 19.000 jóvenes asturianos cualificados se van a buscar trabajo fuera y 7.000 vienen en busca de oportunidad, es decir, saldo negativo menos 11.000. Algunos son hijos suyos, ¿verdad?

Verán, no se trata de dramatizar la marcha si se plantea como una oportunidad de mejora, algo a lo que todo el mundo tiene derecho y es consustancial con las capacidades y la competitividad de cada uno, sino de constatar que la partida en Asturias se da, y masivamente, porque no hay ni una oportunidad de entrada en el mercado en condiciones de dignidad. Quien no quiera creerse la leyenda urbana, que no se la crea, pero la generación ALSA existe.

Hay toda una generación que ronda los treinta años, amamantada en la épica obrera de sus padres, que por primera vez va a vivir peor que éstos, que no tiene oportunidad de acceso al empleo aún con cualificación, ni a la vivienda, ni al proyecto de vida independiente, y para la cual la partida es el único éxito posible.

Una generación sin proyecto por debajo de los treinta años, condenada a reducir, además, la tasa demográfica asturiana (el número de hijos de la generación relevo), a la que los sociólogos le atribuyen una enorme comodidad como razón de permanencia en el domicilio familiar. Algunos sesudos estudiosos del tema consideran que no se van porque están a gusto y muy cómodos en casa y se quedan tan anchos. 700 euros al mes les daba yo a los autores de tales adefesios pseudocientíficos. Hay quien sostiene la original idea de buscar fórmulas de piso compartido, como en el último e impresentable Plan de Juventud del Ayuntamiento de Gijón.

Mira, muchacho, la habitación con derecho a cocina fue propia de las parejas de los años 40 y los 50, y hoy toca centrarse en el empleo y en la vivienda digna y no en la bazofia de los contratos basura ni en fórmulas caducas de convivencia. Hay una generación que todas las mañanas se levanta a buscar, desesperada, currículo o curro, mientras su padre desayuna su prejubilación y piensa si hoy toca gimnasio o tertulia y, encima, a la hora de comer les contará las batallitas del obrerismo caduco en el que ellos no vivirán. La duda es si se darán cuenta alguna vez de que su voto generacional y colectivo puede cambiar de raíz tanta vergüenza.

¿Vendrá una lluvia fina y democrática, más temprano que tarde, que acabe con tanta épica estúpida de todo el actual espectro político?

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