Opinión: Sobre la tolerancia

EN un breve poema con este mismo título, publicado en 2003, en aquel libro a dos manos, escrito con mi amigo del alma, José Carlos Díaz, ‘Contra la oscuridad’, recogía algo más que una anécdota de mis años de niño emigrante, de españolito en el exilio de una Europa norteña, fría y profundamente xenófoba (el sucedido era de 1966). Un estigma de intolerancia de esos que marcan para toda la vida y sirven de medida exacta a los límites del mundo en que me muevo, y de cuyas certezas aprendidas entonces no estoy dispuesto a moverme ni un milímetro aún hoy.

Es desde ese mismo límite de lo tolerable y lo intolerable desde donde quiero hacer la lectura de los datos de la última encuesta, publicada en estos días, sobre las actitudes de los adolescentes españoles en relación a su disposición (escasísisma) a compartir vida y pupitres con sus nuevos compañeros de aula, los inmigrantes venidos de los rincones más diversos del mundo, en la aventura del crecer juntos y diferentes, que es siempre una oportunidad de ser mejores.

¿Qué les pasa a estos capullos, a esta generación consentida hasta la exasperación, que no salen a la calle por un grano en la cara y sin cincuenta euros, que matan por el móvil de última generación y el mp3, y que no visten menos de 300 euros por metro cuadrado en marcas, comidos por el consumismo, por la raya y por la rula, por la hamburguesa y el ketchup que los narcotiza como a imbéciles, por el ‘botellón’ en el que viven instalados los más y que esclavizan a sus padres como ninguna otra generación lo ha hecho?

¿Qué les pasa a los jóvenes con más oportunidades de formación, de movimiento, de horario, de consumo y de genitalidad, desde que la historia de la mamonería existe (y anda que no hace siglos que existe)?

¿Qué les pasa a los adolescentes más irrespetuosos con la autoridad -docente, paterna o policial- y con el patrimonio democrático y los bienes colectivos, pagados a puro pulso de impuestos por los más?

¿Qué les pasa a quienes con quince años largos desprecian -por el color o el olor o el acento, por la religión, la lengua o la cultura- a quienes, diferentes obviamente, buscan oportunidades de vivir, no ya de otra manera, sino de vivir, a la manera en que Benedetti lo señalaba en sus poemas de ‘La casa y el ladrillo’: Convivir, revivir, sobrevivir, vivir, con la paciencia que no tienen los flojos pero que siempre han tenido los pueblos?

¿De qué tienen miedo estos imberbes, atados a la ignorancia de la ESO, acostumbrados al poco esfuerzo y a la mucha recompensa, traumatizados de tanta violencia como aspiran en cada vaharada de aire que respiran por el ‘ordenata’ o por la ‘play station’, vendidos al discurso fácil del triunfo rápido, de ser ‘bisbalitos o ‘grandes hermanos’, que les obliga a ser dioses con veinte años o a ciscarse en medio de la calle si no lo consiguen (y que usted pague por recoger la faena)?

La respuesta es muy simple. Igual que cuando a Alexander Sutherland Neill, aquel pedagogo británico famoso por su escuela de Sumerhill, una fábrica de niños bomba crecidos en libertad en una Inglaterra terriblemente victoriana aún a mediados del siglo XX, le preguntaban los padres en aquel tratado de humanidad y de pura lucidez titulado ‘Corazones, no sólo cabezas en la escuela’: «¿Por qué nuestros hijos dicen mentiras, señor Neill?». Y la respuesta era sencilla y esperable: «Seguramente, porque aprendieron de sus padres a decirlas, queridos míos».

¿Qué les pasa, pues, a nuestros capullos quinceañeros que no aguantan una trenza de más, ni un color de más, ni una lengua de más, ni un punto de vista de más? Pues que, seguramente, han aprendido de sus padres a no aguantar una trenza de más, ni un color de más, ni un olor de más, ni un punto de vista de más ni de menos. La ignorancia es, ya se sabe, la madre y el padre de la intolerancia.

Sólo hay 1 comentario

  1. rafa /

    Ahí, ahí le has dao.

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