Opinión: Un hogar en Cimavilla

DESDE que a finales de los ochenta, los planes gerontológicos plantearan la necesidad de redefinir los centros sociales de mayores (antiguos hogares) y convertirlos en lo que hoy son: espacios de participación, vida cultural y democrática, auténticos modelos de gestión compartida y responsable de los mayores, es posible que ninguna experiencia ciudadana en ninguna institución haya tenido tanto éxito y comprometido a tanta gente como la del Hogar (Centro Social) de Cimavilla, motor durante muchos años del barrio alto y espacio de encuentro y actividad a cartelera completa de actividad de sus más de 18.000 socios.

Las instalaciones que utilizaba pertenecen a la Fundación San Eutiquio, titular de la residencia de ancianos anexa (concertada, por cierto) y han venido siendo usadas como centro social a través de un contrato de alquiler de 12.000 euros/mes, que ahora se pone imposible con la subida de más de 4.800 euros que dicha Fundación plantea, inabordable para las arcas públicas, en una operación que, presuntamente, no busca si no desalojar a los actuales inquilinos para destinar dicho local a las necesidades de local parroquial. Más de 1.500 metros cuadrados de ocupación de dicho centro para catequesis, coro, grupos de actividades, vivienda del párroco, etcétera.

O estamos todos locos y el alquiler que se cobra no da para encontrar un local digno para dichas actividades parroquiales, cerca de la iglesia, que no menoscabe los derechos de los arrendatarios desde hace ya muchos años, a los que es muy difícil encontrar un local similar y accesible (no el actual primer piso de la calle de San Bernardo, sobre la librería Central), o detrás de esa subida desaforada del alquiler se esconde una voluntad de mantener un pulso con la Administración para conseguir un recrecido imposible del edificio catalogado, o servidor se equivoca y resulta que la actividad parroquial es tan ingente, tan cotidiana y tan de horario completo, con catequesis a destajo, coro a destajo y grupos parroquiales a destajo, que no hay ninguna posibilidad de compatibilizar los usos del centro social con los del centro parroquial.

Alguien debería dar explicaciones creíbles y convincentes, realizar un ejercicio de sensatez que no pase por expatriar a 18.000 ciudadanos que han hecho del Centro Social de Cimavilla bandera de la participación y de la vida activa.

Puede el Arzobispado negociar, por ejemplo, un uso compartido entre las instalaciones del colegio Santo Ángel (concertado y, por tanto, también mantenido con fondos públicos), en horario extraescolar y en fines de semana, para los usos de la parroquia de San Pedro, pagando un canon, del que andarían sobrados con el actual alquiler.

Al fin y al cabo, en esta ciudad algunos colegios públicos se utilizan como centros para catequesis y otras actividades de la Iglesia (impartir Religión, por ejemplo) completamente gratis. ¿O será necesario expatriar a 18.000 mayores de su espacio durante años en unas instalaciones que ni la parroquia necesita por su dimensión, ni la actividad presuntamente frenética de sus parroquianos parece establecer dentro de la sensatez?

Es cierto que todas las parroquias de Gijón disponen de un espacio para salones parroquiales, no de la dimensión que se pretende en Cimavilla. Salvo que el coro esté formado por cientos de personas y haya miles de niños en las catequesis y en los grupos parroquiales, no hay ninguna razón para no compartir espacios.

Habrá que recordar, además, que las nuevas parroquias de Gijón (Buen Pastor, Viesques ) se van a asentar sobre terrenos cedidos por la Administración local, y eso obliga a la generosidad como contrapartida.

Lo de la vivienda del cura como pretexto complementario, pura tontería, excepto que actualmente viva en condiciones infrahumanas a muchas millas de su parroquia, algo que no parece ser el caso.

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