Ecologismo y progreso

Ecologismo y progreso
Ernesto Sánchez Sánchez

Pretendo manifestar aquí mi discrepancia, y sus motivos, respecto a la idea de que los movimientos ecologistas van en contra del progreso. Portavoces de empresa, articulistas con aquescencia en los chigres y mandatarios locales se adhieren a ella para avalar planes de desarrollo, cuando menos, cuestionables. El marco de referencia de mis reflexiones es el ámbito rural asturiano, en especial el concejo de Salas, donde resido, si bien algunas de estas puntualizaciones pudieran extrapolarse a otros entornos. Y la palestra más oportuna para su difusión es este periódico, pues sube a la tribuna, con extensión y lugar bien destacados, las beligerantes diatribas de don José de Arango contra quienes llama «ecologistas». Lo cierto es que este señor incurre constantemente en dos falacias típicas de la argumentación persuasiva: el maniqueísmo y la generalización. Maniqueo, porque clasifica a sus paisanos, atendiendo sólo a su ideología políticas, en dos grupos polarmente distanciados: los despreciables «ecologistas» frente a los admirables promotores de la modernidad, que tan bien representan los mandatarios de este municipio. Estas simplificaciones, tan del gusto de la propaganda política, olvidan que los individuos somos entidades poliédricas, que poseemos otras facetas al margen de la vinculación política: capacidad profesional, formación, criterio moral, autonomía ética, vida familiar, habilidades sociales, aficiones. En consecuencia, la reprobación el elogio no deberían fundamentarse sólo en el bando político de nuestras simpatías. A buen seguro habrá gente valiosa entre los denostados por tan fútil motivo y ganapanes entre los que se adulan porque están en el poder.
Otra generalización en la que cae atañe al significado que atribuye al término «ecologista». Bajo tal designación no sólo cabe el conservacionismo a ultranza, que gusta de caricaturizar el susodicho. La defensa de comarcas singulares: despensas, manantiales, pulmones del territorio, bancos genéticos, ecosistemas y consolidados o enclaves donde los pueblos reconocen a sus dioses, su historia y su patrimonio, necesitan de la acción de los movimientos conservacionistas. Salvo en estos casos, la conciencia ecológica surge en la vida social de una necesidad de resistencia cívica frente a las agresiones medioambientales que afectan a las condiciones de vida de una población. Su enfoque es, por lo tanto, más humano y social de lo que algunos suponen. Lo que reclaman estos colectivos tiene que ver con la habitabilidad de su entorno inmediato, con el agua, el aire, la comida, los desechos, la eficiencia energética, la autenticidad del paisaje, el equilibrio urbanístico o la explotación racional del territorio. Nadie quiere vivir en una casa sucia, sin ventilación, respirando mercantanos, comiendo química, bebiendo fecolis con 200.000 kilovatios en la azotea, una cantera en la ventana, un almacén pirotécnico en el bajo y, encima, enfadado con los vecinos. Así de simple. Si hoy en día gozamos de derechos que garantizan a los ciudadanos unas condiciones básicas de habitabilidad de su entorno, en buena medida, se lo debemos a estos grupos de presión.
Esto me lleva a abordar lo que, a mi juicio, es otro error típico de estos librepensadores, y es que confunden el progreso con el desarrollo económico. Desde luego que se necesitan mutuamente, sobremanera en el ámbito rural de Asturias, peor no son lo mismo, porque el dinero no entiende de filantropía. Así que, a veces, su pulsión interna, el beneficio -entendido como un concepto matemático y, por ello, amoral-, no atiende al medio de su obtención. De hecho, en aquellos lugares donde se corrige su afán de lucro, se convierte en un depredador de personas. Aumenta las diferencias en la distribución de la riqueza, impide el desarrollo de una clase media, pervierte el poder y los derechos sociales, degrada la naturaleza, disminuye la esperanza de vida de la población e, incluso, alienta guerras y genocidios. Los países con mayor índice de desarrollo humano no son los que venden la Amazonia a las transnacionales petrolíferas, sino, significativamente, los que ponen coto al desarrollismo económico mediante correcciones fiscales, los que defienden los derechos de los trabajadores y la ciudadanía en general y los que protegen el medio ambiente. Estos factores, como se ve, van de la mano del progreso, no contra él. Por desgracia, hay en Asturias abundantes políticos municipales que no tienen claro estos principios.
Yo entiendo que la experiencia generacional pesa mucho, pero ya no estamos en el período de transición entre la burra y el seiscientos. El siglo apunta hacia una crisis del modelo de civilización. Hace treinta años, afirmaciones semejantes parecían cosa de gente aficionada al ácido lisérgico, hoy las suscribe la comunidad científica y pone en guardia a los gobiernos más avanzados, porque la intensificación de los modelos desarrollistas del siglo XX causa graves alteraciones en la biosfera y conduce a un irreversible agotamiento del petróleo. Apenas podemos intuir los efectos que esas transformaciones pueden tener a escala global, tampoco sabemos cómo repercutirán en nuestros pueblos, reducidos a un papel ancilario respecto de las necesidades urbanas y el mercado globalizado. Por ello mismo, vale la pena ser prudente, apostar por un progreso sostenible, atento a la calidad de vida, y desconfiar de esas iniciativas que justifican la destrucción del territorio basándose en criterios economistas, apoyadas a veces con dinero público y al grito de: «El vivo al bollo y el futuro al hoyo». Huelgan los detalles, cada cual que mire cerca de su casa y sabrá de qué estamos hablando.

Ernesto Sánchez es profesor de Enseñanza Secundaria y representante de Los Verdes en la lista que se presentará en coalición con IU-BA a las elecciones municipales de Salas.

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