Opinión: Derecho animal

LOS valores sobre los que educar hoy (pese a quienes opinan lo contrario) deben estar inspirados en los fundamentos de nuestra constitución, la libertad, la igualdad, la justicia y el pluralismo. Estos valores son la base de cualquier ética pública de naturaleza ilustrada, igualitarista y garantista.

Pero, aunque nuestra constitución no lo contempla, en el origen de estos valores hay una vocación y una ambición de universalidad que va más allá de las fronteras de nuestra generación y de nuestra especie, en cuyo fundamento está la ampliación de los límites de la comunidad moral a las generaciones futuras y a la comunidad biótica.

Cada vez es más claro que el antropocentrismo excluyente es un error moral, como el sexismo, el clasismo social o el racismo étnico. La comunidad biótica está compuesta por seres sintientes que conviven con nosotros y que, por tanto, interactúan dentro de una misma comunidad de seres vivos. Con muchos de ellos compartimos sensibilidad, sentimientos, emociones, comunicación. Los animales, y especialmente los más cercanos, evolutivamente, a la especie humana, son seres sintientes con capacidad de sufrir y de padecer dolor. De todo ello, se deduce que tenemos obligaciones morales con el resto de los seres vivos y que éstos pueden y deben poseer derechos que los protejan.

Una nueva relación ecológica nos obliga a ver y a atender al mundo animal, como nuestros vecinos, en la comunidad biótica, y como nuestros compañeros de viaje, en la historia evolutiva.

¿Quién de nosotros estaría de acuerdo en emitir programas en los medios de comunicación públicos que difundieran el sexismo o el racismo? ¿Por qué, entonces, la televisión y la radio dan cabida a espectáculos que comportan una clara violación de los derechos de los animales, de seres vivos? En esta reforma ética de los medios de comunicación, deben de estar presentes los derechos de los animales y de la comunidad biótica.

La televisión y la radio tienen un papel central en la conformación de la opinión pública. Sería una dejación ilegítima que no hubiera una activa promoción de la sensibilidad sobre la protección de los derechos de los animales. Pero este objetivo no se consigue, como se puede entender de una manera simplista, con la omisión de determinados programas, sino de manera activa, por medio del desmontaje de las creencias y de la ideología antropocéntrica excluyente. Es decir, mostrando la línea de continuidad y de cooperación entre la especie humana y el resto de las comunidades. Hay que intervenir, de forma transversal, en la construcción de una nueva forma de mirar a la naturaleza y al mundo animal.

El maltrato y la tortura sobre los animales tienen fundamento en las creencias que postulan la existencia de una ‘abismo moral’, entre humanidad y animalidad. Tal creencia está, a su vez, basada en la percepción de un ‘abismo psicológico y biológico’ entre seres humanos y animales. Esta radical y absoluta separación hace que veamos a los animales como cosas entre las cosas, como una simple prolongación del mundo inerte. Por ello, les negamos cualquier entidad moral o cualquier reconocimiento de dignidad alguna.

Para acabar con el abismo moral, hay que cambiar la percepción social sobre los animales. Los medios de comunicación representan, en ese sentido, la gran fábrica de construcción de la percepción social de la realidad. Por ello, tienen una enorme responsabilidad en la formación de la carga moral de las imágenes del mundo que circulan en nuestra sociedad.

Eliminar de retransmisiones contenidos que supongan maltrato o tortura de animales, como son las corridas de toros y otros espectáculos similares parecen un buen camino, que debe iniciarse con la declaración de autitaurinidad y la no financiación por parte de los ayuntamiento de tales espectáculos deleznables, y lo demás es falacia.

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