HOMOSEXUALIDAD Y MATRIMONIO

LA derecha (Partido Popular y nacionalistas vascos y catalanes) se mostró favorable, como mal menor e inevitable, al reconocimiento legal de las parejas homosexuales como parejas de hecho, con una cierta equiparación legal entre éstas y las parejas heterosexuales que contraen matrimonio. La oposición, fuertemente inspirada e impulsada por la Iglesia Católica, se centró en la naturaleza de la institución matrimonial y en la capacidad legal de las parejas homosexuales de adopción de niños y niñas. ¿Por qué tanto conflicto sólo por el uso del nombre ‘matrimonio’? ¿Qué sentido tenía oponerse a la adopción por parte de parejas homosexuales, cuando ya en la actualidad personas solteras o que conviven con otras del mismo sexo pueden adoptar sin ningún problema u obstáculo legal? También se podría preguntar, dándole la vuelta al cuestionario, por qué la izquierda se empecinaban en mantener el término ‘matrimonio’ y, con ello, impedir el consenso parlamentario.

Podríamos, pues, deducir que la polémica en torno al matrimonio homosexual era una polémica superflua, tanto por parte de los que se oponían como de los que defendían esta denominación. Pero nada más lejos de la realidad. La polémica sobre la expresión matrimonio homosexual no es un debate sobre el sexo de los ángeles, pues incluso el debate sobre el sexo de los ángeles, en el imperio oriental bizantino, no fue baladí, ya que supuso la introducción de la cuestión del género sexual en las distintas formas de existencia.

Al evitar el uso del término ‘matrimonio’ para las parejas de gays o lesbianas se pretendía marcar, de forma sutil y con una técnica legislativa tan habilidosa como poco transparente, un signo de diferenciación por parte del legislador, que puede ser usado e interpretado en el futuro como un instrumento de discriminación para los homosexuales.

Pues, si la ley de parejas homosexuales iguala en todo a las parejas heterosexuales con las homosexuales, ¿por qué se denominan de forma distinta? ¿No es posible interpretar, en virtud del principio hermenéutico de ‘economía del legislador’ (nada en la ley es superfluo, retórico o redundante), que tal distinción debe ser significativa? Las consecuencias jurídicas y materiales de esta sutil distinción podrían ser muy graves y acabar anulando o dañando mucho los derechos de gays y lesbianas que la ley de matrimonio homosexual protege. Pero además, existe una dimensión simbólica muy importante. Para la Iglesia, el matrimonio es un sacramento, al mismo nivel que el sacerdocio o que el bautismo. Es una institución de Derecho natural, que se pretende natural (biológica) y sagrada (instaurada, por medio de la ley natural). De hecho, para la Iglesia Católica no hay más matrimonio que el canónico y todo lo demás, el matrimonio civil, son formas de «concubinato». La oposición católica al matrimonio civil, a principios del siglo XX, fue muy parecida y con similares argumentos a los desplegados contra el matrimonio homosexual en la actualidad.

Pero existe un motivo aún más relevante que el jurídico o el simbólico ya reseñados, por el cual la denominación no es superflua. Ese motivo es que la ampliación del concepto de matrimonio a toda unión libre y voluntaria entre individuos autónomos significa redefinir la institución más importante, de forma igualitaria, secular y democrática, en las condiciones sociales de reproducción: la familia. El matrimonio homosexual es un golpe mortal contra la ‘sagrada familia’. Es decir, contra la familia patriarcal y autoritaria. El matrimonio homosexual democratiza la familia de forma radical. A la Iglesia Católica, institución profundamente patriarcal y autoritaria, le preocupan profundamente las avenidas de libertad y derechos que esa ley abrió

Comentario Cerrado