Opinión: Adiós, petróleo, adiós

Las actuales protestas de transportistas y pescadores por la subida del precio de los carburantes, que en otras partes del mundo toman el cariz de motines por el precio de los alimentos, no reflejan ni de lejos la gravedad del problema que está por venir si no abandonamos pronto nuestra dependencia del petróleo.

Estamos a punto de entrar en un nuevo orden energético y, en palabras de Fatih Birol, economista jefe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), «debemos dejar el petróleo antes de que nos deje a nosotros». Es así de simple. Nuestra civilización se encuentra en la misma situación que un drogadicto que ve como se reduce su suministro de droga y tiene que pagar a precio de oro la poca que queda. Estamos a las puertas de una crisis económica sin precedentes cuyas consecuencias catastróficas sólo podrán ser paliadas en la medida en que nos demos cuenta de que la era del petróleo tiene los días contados y sepamos actuar a tiempo.

Alguno de ustedes tal vez crea que esto es una exageración y que soy un alarmista, pero piensen en esto: en los últimos cinco años, el precio en dólares del petróleo ha subido un 400 (cuatrocientos) por ciento, desde los 30 dólares por barril en marzo de 2003, justo antes del inicio de la Guerra de Iraq, hasta los 139 dólares que ha llegado a tocar en la primera semana de junio de 2008. Y aunque a medio plazo seguramente se producirán recortes puntuales de cierta importancia, jamás volveremos a tener petróleo barato y todos los analistas coinciden en que más temprano que tarde veremos el barril de petróleo a 200 dólares o más, algo que ninguna economía del mundo está en condiciones de resistir.

En el creciente precio del petróleo influyen diversos factores que podrían ser considerados más o menos coyunturales, como el aumento de la demanda asiática, la debilidad del dólar, la especulación… Pero sobre todos ellos hay un motivo estructural que no podemos ignorar por más tiempo: las reservas de petróleo son cada vez menores, el número de nuevos yacimientos descubiertos también y los costes de prospección y explotación de los mismos a menudo exigen ya unas inversiones tan fuertes que comprometen su rentabilidad.

La AIE, principal supervisor mundial de la energía, está preparando un informe, que se publicará en otoño, cuyos datos preliminares apuntan a una importante revisión a la baja de los inventarios y de los pronósticos de suministro de crudo. Incluso teniendo en cuenta un aumento de la producción y el descubrimiento de nuevos yacimientos, los datos indican que habrá serias dificultades para cubrir la demanda y que hacia el año 2015, como muy tarde, es probable que se produzca una crisis global de suministro y, en consecuencia, una brutal escalada de precios.

Mientras tanto, muchos países productores están empezando a tener problemas para mantener la producción. Los yacimientos de Méjico, el Mar del Norte o Rusia, por ejemplo, están en franco declive. Y ya hay un miembro de la OPEP, Indonesia, que el año próximo abandonará esta organización y dejará de exportar, pues el crudo que le queda lo necesita para cubrir su consumo interno. Alternativas, como aprovechar las arenas asfálticas de Canadá o explotar yacimientos en zonas poco accesibles, están empezando a descartarse por su elevado coste, y varias compañías petrolíferas están renunciando a reinvertir los beneficios en nuevas prospecciones y empiezan a poner la mirada en las energías renovables. Para algunos expertos el cénit del petróleo está a punto de producirse. Para otros ya se ha producido, de hecho, en el año 2005, pues desde la producción récord en el mes de mayo de ese año se ha iniciado un visible declive y la curva de producción está cada vez más lejos de garantizar el consumo global.

La cuestión, por tanto, no es cuándo se agotará el petróleo sino cuándo dejará de ser rentable, pues mucho antes de un hipotético agotamiento de las reservas habrá que abandonarlo como fuente de energía. Seguir dependiendo del petróleo no sólo es insostenible sino extremadamente peligroso para la economía (y para el medio ambiente, pero eso ya lo sabíamos, aunque a algunos parezca no importarle).

En este contexto, y a la luz de los datos de la AIE y de los estudios de los más prestigiosos analistas mundiales en materia energética, me resulta inevitable referirme a la refinería que se pretende instalar en Extremadura y preguntarme sobre la razón de ser de tan extraño proyecto e incluso sobre su viabilidad económica, justo ahora, cuando el resto del mundo está a punto de decir adiós al petróleo. Baste citar el ejemplo de Estados Unidos, el país adicto al petróleo por excelencia, que está destinando nada menos que 1.700 millones de dólares a desarrollar la tecnología del hidrógeno para sustituir al petróleo como principal fuente de energía, y ha previsto subvenciones por 2.500 millones para favorecer en los próximos años la compra de automóviles propulsados por células de hidrógeno por parte de los ciudadanos estadounidenses.

Alguien podrá pensar que precisamente porque el precio del petróleo se va a ir por las nubes es ahí donde está el negocio. El problema es que la subida del precio de la materia prima no puede repercutirse por completo en el precio final del combustible, con lo que el margen de ganancias del sector tiende a reducirse, no a aumentarse. Si en el último año el precio del petróleo ha subido un 100% el del gasoil «sólo» ha subido un 40% y el de la gasolina mucho menos. Fíjense, con la está cayendo y todavía puede decirse que estamos pagando barato los carburantes. Y es que trasladar el precio real y total al usuario final ya supondría, en la actualidad, un colapso económico y hasta un eventual escenario de auténtica revuelta social. Imaginen cuando el petróleo esté a 200 dólares… o a 300, que llegará, no les quepa duda.

Pero es que hay algo más: en pocos años, ni siquiera se venderán ya coches de gasolina o de gasoil porque ningún particular podrá pagar el precio de estos combustibles. Las principales empresas automovilísticas están destinando gran parte de sus recursos de I+D a desarrollar vehículos de hidrógeno. General Motors, por ejemplo, tiene previsto producir en serie este tipo de vehículos a partir de 2010.

Es decir, que es probable que dejen de fabricarse vehículos de gasolina o gasoil antes incluso de que se haya amortizado siquiera la inversión de la refinería proyectada en Tierra de Barros. Y esto es lo que hace que las perspectivas de futuro de una refinería sean dudosas y que el propio proyecto me parezca completamente demencial. Salvo que exista, claro está, alguna motivación oculta que desconozcamos nosotros, los ciudadanos de a pie, o los pobres diablos que no somos nadie, por usar la terrible expresión con la que se refirió Rodríguez Ibarra a las personas que se manifestaron el pasado 25 de mayo en Alange contra la refinería y las térmicas, en un nuevo alarde de buenos modales y de exquisito talante democrático por parte de nuestro ex presidente autonómico.

En cualquier caso, el uso del petróleo tiene los días contados y debemos decirle adiós ahora, ya mismo, pues posponer lo inevitable hará que la despedida sea mucho más traumática. Y construir una refinería al final de la era del petróleo no sólo es ir contra corriente, sino que resulta tan absurdo como una fábrica de máquinas de escribir en la época de la informática y con tan poco futuro como abrir una fábrica de quinqués justo antes de generalizarse el uso de la luz eléctrica. ¿Volveremos los extremeños a perder el tren de la historia?

Ramón Luengo
co-portavoz de Los Verdes de Extremadura

Comentario Cerrado